Archive for enero 2017

Sobre sueños, sobre ensueños, sobre olas, sobre muertes, sobre traiciones y sobre mujeres con cabeza de puerco


Ayer soñé que salía a comprar un par de zapatos. Entraba yo a Palenta, la tienda de la tres sur y encontraba las sandalias que quería. Pero entonces no hallaba mi número. Luego de angustiarme ante el hecho de tener los pies demasiado pequeños, encontraba otros, similares a los que quería y luego de otro rato de agonía y discusión con una chica que los quería, finalmente los compraba. Al llegar a casa, me percataba de que había llevado dos modelos diferentes. Intentaba buscar una solución. Ponerme zapatos diferentes en cada pie, pintarlos del mismo color para que al menos quedaran homogéneos, pero al final terminaba gritando, angustiada. Y descalza.
Desperté.
Antier soñé que me traicionaban. Yo podía verlo todo porque andaba flotando por el aire. Era como la espuma yo. Era como pompas de jabón yo. Era como un ángel yo. Un ángel que se angustiaba ante el hecho de la traición. Y como pasa con los ángeles, o las pompas, o la espuma, o los entes que flotan, no podía hacer nada para evitar el engaño; me quedaba ahí varada, observando todo. Y me angustiaba. Me angustiaba ante la decepción absoluta. Ante el asco y la desesperación.
Pero antes de antier soñé que me iba a suicidar. Planificaba mi muerte con detalle y en esa organización sentía plena felicidad. Entonces ahí, frente al mar, en una playa rocosa y de arena espesa, sonreía al sentir que ya todo se iba a terminar. Mi suicidio iba a ser cómodo, sin presión. No habría piedra que me lanzara hasta el fondo. No habría resistencia. Sólo me lanzaría y sin más, con la misma tranquilidad con que uno entra en la somnolencia, dejaba de respirar. Me volvía espuma. Una espuma no incómoda como la que me tornaba ante la traición del otro sueño.
Hoy intenté soñar con todas estas cosas. Pero ni dormir logré. Entonces comencé imaginar que soñaba. Un sueño feliz, un sueño verde, un sueño esperanzador, como el del suicidio y de repente me encontré en un lugar oscuro. En un antro. Con lucecitas rojas. Una mujer con cabeza de puerco bailaba. Movía sus pies al compás de una música estridente. Entonces noté que andaba con zapatos diferentes. Me concentré en cambiar ese detalle. Pero los zapatos continuaban dispares. Luego una ola gigante inundaba el lugar y con ojos de pez pedía ella, la ola, una copa de vino al mesero. Y el mesero nadaba hasta donde estaban los ojos de pez de la ola, pero en el camino se ahogaba entre el vaivén aberrado del agua. Aclamaba a Dios con todas sus fuerzas, para que mandara su acostumbrada ayuda. Pero Dios no aparecía. Dios estaba observando a la bailarina con cabeza de puerco y zapatos dispares, que continuaba moviéndose ahora, dentro del mar. No sé por qué, yo lograba flotar, convertida en espuma, y sin más lograba cegar a la ola, que primero quedaba como Polifemo ante Ulises y luego expulsaba sus ojos convirtiéndose éstos en salmones.
Entonces se secaba el lugar. Todo volvía a la normalidad. Las personas aplaudían por haber derrotado a la ola ojos de pez y Dios me regalaba un cojín dorado, agradecido por haber hecho yo su trabajo. Pero no sé por qué, continuaba angustiada.
Luego dejé de imaginar que soñaba y volví a la realidad de las dos de la tarde del domingo.
Sólo esto tengo para contar hoy. Y creyéndome psicoanalista, he intentado darle un orden a los sueños y ensoñaciones que he tenido en los últimos días. Pero he fallado. No hay manera de que pueda darle una explicación racional a todo lo soñado - ensoñado. Sólo me queda claro que soy capaz de derrocar a una ola. Soy capaz de recibir regalos de Dios. Puedo incluso controlar mi muerte. Pero a la hora de cambiar los hechos más banales, a la hora de moldear la facticidad, la cotidianidad de los días, un par de zapatos disparejos, una traición dolorosa, la angustia perenne, ante eso, doy la espalda y ahogo a un mesero.
Y entonces vuelve la angustia, la angustia en la vigilia. Y mi acto heroico, el logro de destruir algo, el orgullo ante los aplausos y el reconocimiento de los demás, se vuelve diminuto. Se vuelve insignificante: salmón solitario nadando contracorriente.

En fin, gracias por leerme.  

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Sobre la Navidad, el #gasolinazo y el olor de las mandarinas



Llevo casi un mes sin escribir debido a que es la primera vez que paso las festividades navideñas lejos de mi casa. Entonces, yo quería ver si las cosas eran diferente fuera de la isla. Quería vivir la emoción de la nieve navideña, del frío navideño, de la decoración navideña en las calles, del Capitalismo navideño que me vendieron durante casi 26 años. Y bueno, por ese hecho, me desconecté y dije, a disfrutar sin caer en la tentación de estar redactando todo lo que veo. Porque cuando uno redacta, uno comienza tergiversar. Las palabras se hacen dueñas. Como ahora, que ya hacen de las suyas mas ya da igual. La Navidad se acabó. Incluso hasta los Reyes se fueron. Así que ya es hora.
Debo reconocer que casi nada de estas festividades me llamó la atención. O sea, no vi las cosas muy diferentes a como las viví toda mi vida: gente divertida, ente bonita, gente amable, servicial y cariñosa a mi alrededor.  Comida deliciosa. Ya. Eso sí, me faltó cantar el Himno Nacional a las doce de la noche. Y también tirar una cubeta de agua por el balcón. Y dar la vuelta a la manzana con una maleta vacía (esto último yo no lo hacía pero tenía unos vecinos que sí, y mira que después de hacerlo casi la vida entera se fueron todos toditos de la Habana). Pero la verdad no esperaba otra cosa en estos aspectos, menos teniendo en cuenta en dónde vivo y conociendo a las personas que me rodean: maravillosas. Ahora así, mi expectativa navideña a lo película gringa, pues la verdad que no. Aquí no nevó. Creo que ni el volcán soltó algún copito. Frío, esa palabra este año no ha existido. Calor como si estuviera en el maldito malecón a las dos de la tarde. Decoración, un montón de lucecitas y árboles gigantes bastante molestos. Nada, que mi espectacular entusiasmo por las cosas no varió este año. Fue igual. Casi nada me llamó la atención.
Casi…
Y digo casi porque sí hubo algo que llamó tanto mi atención que puedo asegurar, quedaron suplidos todas mis demás intereses navideños. Y fue lo que se derivó del “gasonilazo”. Yo de gasolina, lo único que sé es que “a ella le gusta la gasolina y que quieren que le den más gasolina”, y de eso me enteré cuando tenía como 13 años. Luego, no he sabido más nada relevante con respecto al tema.  Sobre Peña Nieto, me he enterado que está “bien pendejo”, que es un incompetente, que es un idiota y hace un par de días, leí por parte de estos feministas - homosexuales – radicales - ridículos (no feministas, sí homosexuales, no radicales y sí ridículos) que uno de los defectos de éste, el Peña Nieto, era ser heterosexual (porque en el mundo de los feministas – homosexuales - radicales ridículos, ser heterosexual es un defecto). Algún que otro dato extra: se expresa no muy bien, ridiculizó al país entero invitando a Trump a México y para rematar, en medio de toda esta locura del gasolinazo, su respuesta a las quejas fue “¿y ustedes qué harían?”, frase maravillosa si la pronuncia un presidente. Seguro llamó hasta al mismísimo Trump para preguntarle qué haría. Y bueno, ese, el americano del peluquín rubio sí siempre sabe qué hacer. Mierda, pero bueno, sabe qué hacer. Del pueblo mexicano, sé que es muy amable, sé que es cálido, sé que de cualquier cosa se mofa porque así se disimulan más las penas y también sé que está desunido. Más que cualquier otra cosa, desunido.
Todo esto confluyó para que entre el primero de enero del 2017 y ayer sábado siete de enero, la paranoia, el terror, la psicosis y la desesperación reinara sobre unas cuantas regiones del país, o por lo menos, reinara en donde vivo. Como extranjera, he mirado esto desde afuera, como viajera que en parte se identifica y le afecta lo que pasa pero que por otro lado no se siente capacitada para dar una opinión certera, pensada y bien estructurada. Pero como hoy es domingo, las manos se abalanzaron y las palabras comenzaron a hacer de las suyas.
Entonces llegó el primero de enero del 2017 y si bien antes la reunión se diluía en conversaciones sin importancia, a la 1 y 20 de la mañana ya dos comenzaron a hablar del tema. La gasolina había subido. Y con la gasolina el gas. Y con el gas el agua. Y con el agua la electricidad… Y así la serpiente se fue alargando hasta volverse ouroboros. Y como serpiente que se muerde la cola, fluctuaba el ánimo de los demás. Luego me enteré por las redes que se convocaba (en algún momento) al saqueo extremo de algunas de las instalaciones comerciales más importantes del país, para entonces dar paso después a una marcha en cada Zócalo. Ya no supe más nada, pero sí el tema del #gasolinazo sonaba por todos lados. A toda hora. El pueblo entero hablando del gasolinazo. Las redes, las emisoras, le televisión. Todo. Y así estuvo. Hasta el cinco de enero. La cuestión se reduce a: haber salido a cenar. Comenzar a ver los locales comerciales totalmente cerrados. Escuchar a alguien gritando “ya vienen ya vienen”. Esperar a que una señora nos explicara qué ocurría. Obedecer a una vecina diciéndome que no saliera de casa, que las cosas se pondrían feas. Encerrarme en casa.
Y comenzó.
¿Qué comenzó?
No se sabe muy bien pero algo.
Empezaron a subir los videos de todos los centros comerciales que fueron atracados. Las barricadas en algunos mercados impidiendo que los atracadores entraran. La confirmación de que aun amigo lo habían asaltado justo frente a mi casa, quitándole todos los regalos de reyes que tenía. Sonidos de patrullas sin parar.  Estruendos hasta las doce de la noche. Miedo por todos lados. Personas en las redes alegrándose de que fuesen atracados los lugares. Otras totalmente en contra de que se utilizara un acontecimiento como fue el alza de la gasolina, para dar paso libre a todos los delincuentes de la cuidad. Y otras como yo que no tenían nada claro, tanto así que ni entendía qué se ganaba provocando todo lo que estaba ocurriendo. Y así transcurrió el cinco.  El seis, día de reyes las calles estaban desiertas. Muchos lugares continuaban cerrado por miedo. ¿Miedo a qué, pregunté yo? ¿Acaso la revuelta no fue ayer? Miedo a lo que pueda pasar hoy. ¿Y qué va a pasar hoy? Pues algo va a pasar, dicen eso, que algo va a pasar. Luego a mí y a otra amiga  nos llegó información por parte del gobierno de la ciudad donde estoy, de que nos cuidáramos pues algo iba a suceder. Y que iba a estar feo todo. Y así fue avanzando el día. Pesado. Cargado. Con todos mirando de reojo, caminando rápido. Apretando las manos. No había un solo niño en las calles. Los comentarios continuaron agudizándose. Que iban a venir, que iban a venir. Y se empezó a filtrar que algunos barrios ya estaban tomados. Que estaban entrando a las casas, atracando y dañando a los civiles. ¿Quienes? No se sabe quiénes. Un grupo, vestidos de blanco, vestidos de negro, con palos, sin palos, con camionetas, en motos. No se sabe, pero vienen. Y entonces, en ese punto el hombre se bestializó. Rompió su camisa, sacó sus garras, se afiló los colmillos y salió a defender lo que era suyo. Con palos, con machetes, uniéndose a los otros hombres que lentamente se iban convirtiendo en animales y en manada marcharon, patrullando contra no se sabe qué. Otros igual sacaron a flote los temores más grandes.  Histéricos no sabían qué hacer, cómo reaccionar. Pensaron en atrincherarse en casa pues no había manera de salir. Cero autos, cero taxis. Todo estaba paralizado porque esos iban a llegar. La policía hizo sonar las alarmas en algunas colonias. Alarmas que anuncian casi que un estado de guerra. Y así estuvo todo. Esperando que llegaran. No se sabe con exactitud a qué casas entraron, a quiénes agredieron, con qué agredieron, pero lo cierto es que todos estuvimos aterrorizados. Penando que algo muy malo nos ocurriría. Las noticias internacionales de igual forma reportaban los acontecimientos. Y mientras en la televisión nacional mexicana pasaban un programa cobre los pechos de Niurka Reyes y el pene de no sé quién, de la Habana me escribían, desesperados,  preguntándome qué estaba pasando aquí.  Las redes dejaron de hablar del alza de la gasolina. Ahora el tema eran las agresiones. El #gasolinazo comenzó a amparar a los memes, comentarios, videos y opiniones sobre los atracos. El presidente habló algo sobre el tema, algo que seguro le sugirió Trump cuando le preguntó qué haría él. Y así, entre miles de comentarios de que vienen de que vienen, nos dormimos todos. Y amanecimos el sábado. Con una manifestación pacífica en el Zócalo. Cientos de personas se unían en contra del presidente y gritaban “el pueblo unido jamás será vencido”. El pueblo unido que, un día antes robaba a su hermano, a su compañero, porque una cosa es asaltar un Wallmart, donde las pérdidas no son reales, y otra atracar al vecino, al hermano, al compañero. Y con esto no quiero generalizar, no todos fueron a asaltar a su semejante. Sino que, antes de pensar en hacer manifestaciones, antes de decidir atracar centros comerciales de gran envergadura pensando que así se resolverán los problemas, se debería pensar en cómo organizar todas estas cosas pero unidos. Cuando hay unidad verdadera se puede derrocar y cambiar lo que sea. Mas cuando la unidad es falsa, entonces es fácil dividirse, es fácil fracturarse y por ende es fácil dejarse socavar por la Institución. No sabemos si todo esto fue organizado por el mismo gobierno. No sabemos si las alarmas y los “ya vienen” fueron todos falsos. Lo único cierto de la noche del viernes 6 de enero es que el pueblo salió a defenderse no del gobierno, no de la policía, sino del mismísimo pueblo. La vuelta a la lucha de todos contra todos.
Supongo que la noche del sábado estuvo tranquila. O no… no sé. No salí de casa.
Hoy domingo, mientras daba mi paseo habitual, vi todo normal. Los comercios estaban abiertos, las verdulerías ambulantes estaban a reventar. Los señores con los muñecos que se mueven solos hacían su show en la calle Cinco de mayo. Ya todo estaba igual.
Tengo que revisar las redes. A ver cuántas opiniones recogió hoy el #gasolinazo. Seguro que menos que ayer. Y así irá en picada, con el paso de los días. Todo se olvidará. O no… hay que ver.
Mientras tanto yo me siento en al concina de mi casa. Pienso en la Navidad. Pienso en el Capitalismo, que finalmente no me defraudó en mi afán de unas fiestas diferentes.  Pienso en lo difícil que es opinar sobre situaciones ajenas a tu país y a tu cultura (difícil al menos para mí).  Pero luego veo la bolsa de mandarinas que tengo a mi lado. Y hundo la nariz en ella. Y me embriago en ese delicioso olor. Y olvido todo lo demás. Así de fácil se me pasan las cosas. Así de fácil se nos pasan a todos. Así de fáciles somos. Esto creo que lo debería agregar al #gasolinazo.

En fin, gracias por leerme.  



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