Archive for octubre 2016

El circo y la incertidumbre




No he ido al circo. Nunca. A lo que más se asemeja mi estancia en un lugar como ese es a una feria a la cual fui en un pueblo de mi país. Todas las calles estaban cerradas, dispuestas sólo a los pequeños locales que tenían mujeres sin cuerpo, hombres cerdos, personas con máscaras y una rueda que parecía la rueda de Satán. Estaba en un rincón oscuro. Un foco medio fundido lanzaba una luz intermitente. Cuando aquella cosa echaba a anda, sonaba un radio distorsionado con metal y yo dentro, junto con mi sobrina, dábamos vueltas y vueltas. Nos arañábamos la espalda con los hierros mal puestos. En aquel entonces – creo que tenía catorce años – yo me fascinaba por cada cosa que veía. Las personas  no me parecían las mismas. El exceso de cervezas, las máscaras sudadas, las casitas con gente deforme. Eso, eso me hacía vibrar.
Han pasado años y sigo recordando aquello como si fuese ayer. Siempre viene a mí una sensación rara. Una sensación como de perdición, de desasosiego, por no comprender lo que ocurría allí. Cada momento en el cual me he encontrado en una situación rara, pienso en un acordeón sonando y recuerdo los ojos de la mujer sin cuerpo. Y la colita del hombre puerco.
Algunos días soñaba con vivir en un lugar así, rodeada de esas personas poco comunes. Me gustaba lo poco común. Y me gustaba la sensación de extrañeza que me provocaban los enanos, los viejos sin dientes haciendo trucos de magia, los focos palpitantes.
Un día sin más, todo el tiempo comencé a sentir esa extrañeza, ese desasosiego. Lo comencé a sentir cada día que iba al colegio. Lo comencé a sentir ante cualquier tipo de situación amorosa. Lo comencé a sentir en mis amigos, en mi familia. Incluso en la comida. Cenas raras: un pulpo entero bañado en vinagre. Un grillo refrito con patas de cucaracha. Una sopa con almejas y babosas que flotaban aún medio vivas. Un pastel semi cocido de conejo con un huevo crudo dentro. Lo mismo con mis allegados. Todos deformes. Todos medio ocultos. Como mitad animales. Y mitad humanos. Ese sentimiento se ha ido acrecentando. Y en las redes se acrecienta más. Ahora mismo le he enviado a mi amiguita mexicana una imagen de dos cactus abrazándose y soltando corazones y la veo como a un cactus. Y me veo como un cactus. Un cactus flotando en una realidad que se me muestra desconocida. Entonces pienso en mi amiga con espinas. Y pienso en mí con espinas. Y me veo al espejo, sin reconocerme. Y la pienso sin reconocerla. Así con todos. Así todo el tiempo.
Esa incertidumbre ante la vida, que antes se reducía al espacio de la feria, esa incertidumbre me consume y me desajusta. Me hace sentir frágil. Un globo dando vueltas en la calle, sin saber huir de los carros. Un globo rojo, como los corazones de los cactus. Un globo que soy yo a punto de chocar con un cactus que también soy yo. Entonces comienzo a desconfiar. Y comienza la paranoia. La paranoia de que todos son falsos,  de que todos cambian a cada instante y por eso no pueden ser otra cosa que instantes inventados. Volátiles. Entonces quiero hacer una limpieza, una limpieza de mí y de todo aquello que se me presenta extraño, que me hace dudar. Pero no puedo. Porque lograr eso sería vencer a la naturaleza entera. Sería vencer al auto que está a punto de atropellarme cuando me siento un globo.
Uno tiene que  aprender a vivir en esa incertidumbre constante. En ese cambio desagradable. Uno tiene que aprender a vivir con el acordeón constante en la cabeza, con la mujer sin cuerpo y el enano que cada día se manifiestan. Uno debe aprender a disfrutar los instantes, a ser cómplice de esa incertidumbre. Uno tiene que. Pero es imposible. No se logra. O al menos yo no lo logro.
Porque la fascinación ante lo raro ya desapareció. Ahora se torna miedo. Palpitaciones. Desconfianza. Un huevo crudo dentro de un pastel.
Quiero irme de este circo misterioso.
O más bien, quiero sólo estar de paso. Una simple visita con té caliente y porcelana china.

En fin, gracias por leerme.

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El otoño es una bebida peligrosa


El otoño pasado el corazón me latía rápido. Rapidísimo.
Además tenía unas medias rotas. Negras. Cada viernes, o cada sábado, las usaba. Cuando regresaba a casa, las medias estaban aún más rotas. Yo me divertía, los domingos en la tarde, en darle un sentido a las figuras que se formaban a causa del deshilacho, a causa de la rotura. Se me rompen las medias, pero también se me rompe el corazón – solía decirme a mí misma cuando miraba por la ventana y las ruinas que ahí habían, me vomitaban un cielo nublado. También me ponía a pensar en las distintas maneras en que le late el corazón a uno. A mí, todo el otoño, como les dije, me latió muy fuerte. Pero el latido del viernes no era igual al del sábado, ni el del sábado era igual al del domingo, ni el del domingo era igual al del lunes. Señalo estos días porque son los importantes. De martes a jueves, las horas y los latidos se vuelven parte de una masa homogénea difícil de personalizar. Viernes porque todo acaba, sábado – domingo porque es el equivalente a andar varado en un aeropuerto, en tierra de nadie. Lunes porque todo comienza de nuevo. El resto del tiempo da igual. Como también dan igual el resto de los latidos.  
El otoño pasado México comenzó a penetrarme. Me endulzó los labios lentamente, se aprovechó de mi marcado snobismo, de mi desinterés por muchas cosas, y me enamoró. O al menos me enamoró lo suficiente para que el corazón me latiera rápido. O al menos me enamoró lo suficiente para querer devorármelo entero. O al menos me enamoró lo suficiente para hacerme creer que estaba muy enamorada. México y el otoño se llevan muy bien.
El otoño pasado fumaba como loca.  El humo, el corazón acelerado, el cielo vomitado y el enamoramiento eran sinónimos. No podía haber una cosa si no había la otra. También recuerdo que leía a Bataille y en sus desvaríos creé una especie de sociedad secreta, de cofradía, la cual sólo conocía e integré yo y mis lecturas.
De un viernes a un lunes del otoño pasado, nos quedamos en mi antigua casa sin agua, sin gas y sin luz. Entonces estudié en un café durante horas y horas. Casi desde que abría hasta que cerraba. La rabia me consumía por ese incidente, pero al final creo que eso sirvió como excusa para enamorarme más, para desvariar más con México y su sabor a bebida dulce.
El otoño pasado fue el inicio de una serie de transformaciones en mí. Transformaciones radicales, feas, duras, tristes, cansadas, decepcionantes, perdidas, desequilibradas. Encantadoras.
A lo mejor ando pensando en ello hoy porque, precisamente, este domingo el viento cambió. Silbó como mismo lo hizo hace un año. Silbido que no olvido. Que por mucho que quiera, no olvido. Y entonces, a pesar de que ahora no fumo tanto como solía hacerlo, ni utilizo las medias de la misma manera, a pesar de que me he vuelto un poco inmune a la bebida dulce que me enamoró, a pesar de todo, el corazón, así de la anda, me latió rápido, muy rápido.
Me latió tan duro que tuve que recostarme.
 Me latió tan duro que me nubló la vista.

En fin, gracias por leerme

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