Archive for septiembre 2016

Sobre que estoy criando a una lechuga


Un chiste. Que acabo de inventar.
Dos personas conversan. Una le dice a la otra:
Persona uno: Oh, necesito dos copias de mi acta de nacimiento. Eso es un gran problema.
Persona dos: ¿Y por qué es un gran problema?
Persona uno: ¡Porque no he nacido!
Fin.
He reído mucho con esto. Mucho pero mucho. De hecho, lo pienso y continúo riendo. Lo escribo y continúo riendo. Lo vuelvo a pensar, con música de fondo, y continúo riendo. Qué risa me da reírme.
Ya. Nada más que decir sobre este asunto.
Lo otro.
He comenzado a criar a una lechuga. He cortado su tallo, cuando ya casi no quedaba nada y la he puesto dentro de un exprimidor de naranja, con un poco de agua. Es un experimento que vi hace unos días. Como me gustan los experimentos, pues decidí aventarme a esta delicada labor que es criar a un vegetal. Yo siempre he tenido cierta preferencia por las lechugas. Recuerdo que en una clase que recibí hace un año, discutía con mi profesor sobre la vida y cultura vegana. Él intentaba explicarnos la ética husserliana a partir de ese estilo de vida. Yo me molesté mucho porque, cuando pregunté por los derechos de existencia de las lechugas, me dijo que éstas no tenían tanto derecho como un animal. La verdad es que me ofendí. Creo en la igualdad humana (¿creo en la igualdad humana?) y por eso no entendía el por qué de su escasa y torpe respuesta. Desde ese día detesté más a los seres humanos, me dieron más deseos de degollar conejos vivos y desarrollé cierta compasión por las lechugas. Tiempo después, mírenme, criando a una. Decidí ponerla dentro de un exprimidor de naranjas para que comprendiera lo cruel que es la vida. El exprimidor de naranjas  viene siendo como un asesino sanguinario de naranjas. Así que mi lechuga crecerá sobre el equivalente a un cementerio nazi. O sobre un cementerio estalinista en la Siberia. O sobre un cementerio marino. Mi lechuga será muy culta, porque sabrá que El cementerio marino lo escribió Valéry.  Yo se lo comentaré.
Cada mañana me levanto y la saludo. Y la saco a tomar un poco de sol. Y luego la vuelvo a entrar porque si no se va a achicharrar. Le cambio el agua todos los días. Y cuando me voy a dormir, mentalmente le doy las buenas noches. Es una buena compañía, la lechuga. Debo reconocer que también he pensado sobre su futuro. ¿Cómo será? ¿Cómo se comportará? ¿Cómo asumirá su existencia? ¿Se molestará cuando sepa que me la comeré? También me preocupa su condición física. No quiero que sea una lechuga gorda. Explicaré por qué. Ayer conversaba con mi amiguita mexicana y ella me contó una situación que vivió un amigo. Yo me traumaticé. Resulta que este amigo de mi amiguita mexicana, una vez salió con una amiga. Esta amiga era muy gorda. Regorda. Gordísima. Entonces, en medio de la salida, se les antojó un hot dog. Aunque no tenían dinero, se aventaron a pedir unos en el carrito de venta. Cuando el vendedor les despachó los hot dogs, el amigo de mi amiguita mexicana, le gritó a  su amiga la gorda ¡¡CORRE GORDA, CORRE!! ¡Se iban a escapar con la comida, sin pagarla! El amigo de mi amiguita mexicana corrió bien rápido, pero la amiga gorda, obviamente, no era tan ágil y se retrasó. El fin de la historia fue que el vendedor corrió tras ellos dos y alcanzó a la gorda. Le quitó su celular y le dijo que, hasta que no pagara los dos hot dogs, no se lo devolvería. Triste historia. El amigo de mi amiguita mexicana, no volvió hacia atrás la cabeza. Sólo corrió y corrió hasta esconderse. No regresó a ayudar a la otra. Pobre gorda – pensé ayer. Pobre gorda – pensé hoy, cuando vi en la calle a una mujer bastante obesa comprarse cuatro dulces y una soda. La gordura, la gordura… ¡qué problema, la gordura! Imaginé que la foto de aquella gorda, amiga del amigo de mi amiguita mexicana, estaba pegada en el mostrador del lugar de los hot dogs, con un letrero abajo que dijera RATERA. Imaginé luego, la foto de mi lechuga en un lugar así. Si a ella le ocurriera eso, ¡juro que me muero!
El problema es que no sé cómo pudiese controlar yo, su peso corporal. De veras que no sé. Supuestamente debo terminar tres ensayos sobre Platón. Y leer unas cuantas cosas sobre Husserl (nuevamente). Pero no puedo dejar de pensar en qué hacer para que ella no engorde mucho. Siento gran alegría por criarla, pero a su vez me preocupo. Siento que no puedo controlarla. Siento que no puedo hacer nada para que esa lechuga sea como yo. Siento que soy una egoísta porque quiero que sea como yo, para al final comérmela. Siento que mi mente es retorcida y narcisista. Porque si quiero que la lechuga sea como yo, y me quiero comer a la lechuga, por tanto, quiero comerme a mí misma. ¿Por qué quiero comerme a mí misma? No sé, no sé. Debe ser porque me siento bien sabrosa, como Trista Tzara se sentía bien simpático. Y si me como algo (o a alguien) tan sabroso como yo, pues seré doblemente sabrosa. Quizás es esa la razón. Sí. Quizás. Esa. Quizás.
Ahora vuelvo a pensar en mi maravilloso chiste. A lo mejor, si logro que mi lechuga crea que, a pesar de que existe, no existe, pues no se interese mucho por las cosas de la vida y además no se sienta mal porque yo la vaya a comer. El punto es cómo lo logro. A ver qué filósofo me sirve para justificar mi argumento… a ver cuál. O tal vez resuelva el problema si no le hago un acta de nacimiento. Eso es lo que legitima que alguien está vivo, al menos a los ojos de la sociedad. ¿O no?
No sé para qué me metí en este embrollo. Si yo me conozco. Seré sabrosa, deliciosa, simpática, lo que sea, pero también sé que mi cabeza se complica mucho. Debería encerrarme en una gruta y dedicarme a leer a los taoístas. O a los órficos. O a Berkeley, que también me gusta. O a ver Gossip Girl… no sé.
Por el momento, creo que no le daré a mi lechuga, un regalo que le compré: una cintita azul para adornar su casa exprimidor de naranjas. Es mejor que no se ilusione. Que no crea que recibirá muchos regalos por el resto de su vida. Es mejor que no se ilusione con el hecho de que tendrá una vida.
Qué egoísta soy.
En fin, gracias por leerme.






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Para un cubano, pedir una visa es como vivir una película romántica. Sin final feliz


La verdad es que yo no sé si me reconozco como cubana. O sea, es muy divertido (más que otra cosa), contraponerte a los demás cuando vives fuera de tu país de origen. Es entretenido ver cómo las personas, digan lo que digan, estamos marcados por costumbres, por hábitos, que la mayoría de las veces se cifran por tu contorno específico. La circunstancia de Ortega y Gasset, esa que tanto cito porque me cae bien, se pone una vez más de manifiesto. Entonces, ser extranjero siempre hace que todas las diferencias se resalten más, se agudicen más. Y a su vez, ese efecto hace que muchas veces el extranjero se sienta como elefante en urna de cristal. Diferente. ¿Qué es lo que hace que  esto se pase por alto? Pues que todos salimos de ese señor llamado Adán y de su mujer malcriada (supongo). En esencia somos iguales, igualitísimos, pero cuando nos insertan en las circunstancias, uyyy, ahí sí que cambiamos. Nos transformamos. Vuelvo al inicio, yo no sé si me reconozco totalmente como cubana. Más bien me gusta decir que soy una ciudadana del mundo, como una vez me dijo una amiguita catalana. Me considero ciudadana del mundo no sólo porque ya haya dado algunas vueltas. Eso es lo de menos. Más bien ese sentimiento aflora en mí desde que soy niña. Porque todo aquel que tiene un mundo interior muy rico, todo aquel que crea historias y se las llega a creer hasta confundirse, no puede pertenecer a ningún lugar. O por lo menos no puede pertenecer permanentemente a ningún lugar. En ese extranjerismo, a lo Camus, vivo yo habitualmente.
No obstante hay hechos que indiscutiblemente hacen que uno salga un poco de su “mundo” particular, y caiga de cabeza en ese moldeado por la circunstancia.
He pensado en esto porque hace unos días, andaba yo, como gato con seis patas, haciendo papeles y papeles para irme a España por cuestiones académicas. Y a pesar de tener todos los requisitos, a pesar de pasar dos días en colas y colas, a pesar de que ya fui y regresé de España y de otros países más, a pesar de que incluso vivo en el segundo país ideal para un cubano (por el hecho de que puedo cruzar la frontera e irme al país “feroz y brutal”), a pesar de todo, me dijeron que no. Eso lo pasé por alto, la verdad. Fue darme la negativa y olvidarlo tras una comida enorme en un bufet chino. Pero luego, conversando con otros amigos – cubanos – con un historial de negativas bien extenso, todo este asunto comenzó, digamos, a inquietarme. Comencé a recordar todas los “denegados”, que he vivido a través de otros. Otros cubanos y otros no cubanos. Y la diferencia que pude encontrar entre los cubanos y los no- cubanos fue la siguiente: una fractura enorme en el ego, en el orgullo. Porque, los lamentos por no poder ver a un ser querido en otro lugar, por no poder conocer, etc., ese es igual en todas partes. Lo particular con los cubanos siempre es que hagas lo que hagas, tengas lo que tengas, la respuesta, en casi todos los casos, será NO. Y cuando a uno, sin pensarlo, sin analizarlo, sin tomar en cuenta una serie de factores, sin tener en cuenta nada más que no sea la nacionalidad, le dicen NO, pues se siente como niño a quien le niegan algo sin explicación. Si bien esto es soportable durante un período determinado, vivirlo toda la vida, causa que una pregunta se repita y se repita: ¿por qué razón NO? Respuestas hay muchas: el bloqueo, o que somos posibles emigrantes, o que no tenemos casi nunca los recursos suficientes. Mas ese tipo de respuestas ya se vedan tras una vida entera de NO, NO y NO. Y es que en nuestro país vivimos bajo ese lema. NO es posible hacer eso. No es posible hacer lo otro. NO, NO y NO. Entonces ya ese hecho tan normal que es recibir una negativa, se vuelve en los cubanos, una especie rencor, de impotencia ante no poder entender por qué NO. ¿Qué hay en mí para que la respuesta que siempre deba esperar sea negativa? Ese mismo hecho, supongo, es el que hace que nuestro orgullo propio se acreciente, que nuestro ego se extralimite. Porque tanta negación de cosas hace que se piense más sobre uno mismo, sobre sus virtudes, sobre lo bueno que habita en uno. Entonces, a pesar de que sabemos de antemano la respuesta a casi todas nuestras peticiones, a pesar de que estamos acostumbrados, esa parte narcisista se crece aún más y entra en conflicto. Por eso la frustración, que ligada a todas las demás que son generales para todos, se torna insoportable. Obstinante. Reflexionando sobre esto, no podía dejar de visualizarme (o visualizarnos a todos los de la isla), como en un filme romántico, de esos que se ven los sábados en la noche. Donde todo parece ir bien, donde el protagonista se esfuerza sobrehumanamente, pero al final, lo rechazan y uno se queda preguntándose por qué. Digo película de sábado en la noche porque los domingos corresponde ver comedias, o románticas con final feliz, que alegran la tarde, que provocan una satisfacción interna por los logros del otro, que dan las fuerzas para el lunes comenzar de nuevo.
Creo que esa es la razón por la que todas las instituciones, que son las que más niegan, están cerradas los domingos. Es una estrategia gubernamental de respeto hacia el domingo, porque ese es el día en que se puede tener esperanzas de que las cosas cambien, de que haya final feliz. De esa forma, se puede descansar bien el séptimo día de la semana y así tener un mejor rendimiento en la sociedad, que aparentemente, debe ser feliz. Debe estar llena de esperanzas.

En fin, gracias por leerme. 

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La lógica del autolike


La lógica del autolike
Quizás sea porque vengo de un país donde ahora es que se comienzan a utilizar las redes sociales. Quizás sea porque mi interacción con el mundo virtual se remonta a no más de dos años. O quizás sea porque tengo una mente muy estructurada y lógica. El punto es que ayer, recién levantada, me llevé una gran sorpresa. Estaba yo así, bien traquilita, despertando, feliz por el sonido de los pajarillos. Feliz porque el sol salió como todos los días (al menos aquí en México). Feliz porque era sábado. Y me gustan los sábados. Amo los sábados. ¡Que vivan por siempre los sábados y la reina de España y también Luis XIV, en su tumba! De repente mi felicidad y tranquilidad se vio turbada por un fenómeno al parecer muy importante: el autolike. O sea, que tomo un celular ajeno y se me ocurre darle “like” a una publicación que esa personita había subido. Entonces sentí un grito: NOOO. Y yo QUÉEEE!!! Y esa personita AHHHH. Y yo OHHHH. Luego de los sonidos onomatopéyicos, pregunto qué ocurre. - ¿Cómo vas a dar like a algo que yo puse? Lo primero que hice fue disculparme pero acto seguido pregunté por qué. - Es que eso se ve mal. Dar like a algo que uno mismo haya publicado. Y yo volví a preguntar por qué. - Porque eso no tiene sentido. Y vuelvo a preguntar por qué. - Porque el autolike es lo peor que hay. Y como podrán imaginar, volví a preguntar por qué. - Porque si lo subo es lógico que me gusta. Ahí mismo mi cerebro comenzó a trabarse, a bloquearse, a soltar chispas. -Pero sigo sin entender. Yo siempre me doy like a publicaciones que subo y que me gustan. Porque todo lo que subo, no necesariamente me agrada. – A ver, vamos a preguntar a otra persona. Acto seguido hicimos la pregunta a otra personita que estaba aquí. Y esa personita gritó: NOOO. Y yo QUÉÉÉ!!! Y la otra personita AHHH. Y yo OHHHH. Las dos personitas se miraron. Yo miré a las dos personitas. - Es que darse like a uno mismo se ve mal. - Eso mismo le dije yo a ella, personita número dos. Yo seguía en las mismas, sin entender la lógica del asunto. A ver chicos – exclamé – ¿quién ha dicho que porque yo suba una cosa significa que me gusta? Si yo subo una noticia sobre un terremoto, quiere decir que me interesa esa noticia pero no que me guste. Si yo subo una foto de un pastel de chocolate, pues la subo y además es algo que me gusta. Así que le doy like. Si subo a mi muro una foto mía en el Pacífico, frente al mar, pues me gusta. Y si subo el video de un chino bailarín que recién ha ganado un premio muy importante, pues a pesar de que lo comparto con otros, no me gusta. Entonces no le doy like. Ellos me miraron como si lo que yo dijera no tuviese mucho sentido. Yo los miré a ellos como si lo que ellos dijeran no tuviese mucho sentido. Los pajarillos nos miraron como si lo que ninguno de los tres dijera tuviese mucho sentido. Yo entiendo que los pajarillos nos puedan mirar así porque los pajarillos hablan idioma pájaro y no español. Entonces es comprensible que no entiendan nada. Pero entre nosotros tres, personas que hablamos el mismo idioma, personas que casi tenemos los mismos referentes culturales e intelectuales, pues no logro comprender la incomprensión. Monique – me dijeron – no es normal. No se ve bien en las redes – dijo la personita número dos. Es que incumples la dinámica de las redes sociales, de interactuar con los otros. Si te das autolije no estás interactuando con los otros. Yo, una vez más pregunté por qué. En mi cabeza, en primer lugar, que subas una cosa a Facebook no implica necesariamente que te guste, quizás sí que te interese mas no que te guste. Además – continué diciendo- que yo me dé un autolike no significa que se fracture mi interacción con los otros. Porque den like los demás o no, ellos están viendo. Siempre ven todo. Siempre espían. El ser humano es chismoso. Es morboso, le gusta saber sobre los otros. Y Facebook se hizo para complacer a eos seres humanos. Es como la matrona de un burdel holandés que pone a tu disposición una serie de personas que puedes fisgonear y si te atraen, pues las contactas, te haces parte de algunos de sus momentos, hacen que chorree tu boca y te dan la oportunidad de que le des like. De que te guste.  Sin contar que esa misma red social te da la posibilidad de que puedas subir cosas a tu muro y que sólo tú las veas. Ergo, tú solamente puedas dar like. Las dos personitas continuaron insultadas. Y como suele pasar entre amantes de la lectura, buscamos un artículo sobre el tema. Cuando comenzamos a leerlo, mi cerebro, una vez más quería comenzar a echar chispas. En el texto decía que una persona que se da un autolike tiene problemas de personalidad, de identidad y que se asemeja un niño que juega con su amigo imaginario. Las dos personitas se murieron de risa. Pero a mí eso no me hizo ni la más mínima gracia. Porque yo no tengo problemas de personalidad ni de identidad. Y para colmo nunca hablé con un amigo imaginario. Cuando más, hablo con mi conejo en la pared, con mi pony y con mi unicornio. Pero esos no son amigos imaginarios, esas son mis mascotas. Es diferente. Y yo jamás anduve por ahí hablando con ningún Pedrito, ni Matilde, ni Carlos. A mí nunca me gustaron  las personas ni los amigos. Así que no podía auto-reconocerme en ese comentario que según, describía un padecimiento psicológico que yo tenía.  Ellos continuaron riéndose. La verdad sigo sin entender por qué. Luego se fueron y yo me quedé sola. Pensando en ese asunto. Como suelo hacer, me senté en la banca de mi cocina, observé fijamente a mi conejo y fumé.
Ya tuve muchos problemas con eso de los emoticones. Y aunque ha pasado cierto tiempo sigo sin entender esos códigos. También tuve problemas con los mensajes que se dejan en leídos. Yo veo que a todos les insulta que los dejen en leídos y no respondan. Es lo peor que puede pasar. Yo lo veo como algo bueno. O sea… ¡la persona a la que le mandé el mensaje me leyó! ¡Listo! Eso es lo importante. Me responderá cuando quiera. Malo que no me lea nunca, pienso yo. De igual forma he comenzado a tener problemas con otra serie de emoticones que no son dibujos sino letras. Es decir, alguien me escribe y me envía esto: XD. Para mí, eso es una X y una D. Y lo que se me ocurre es responder con una: YE, para seguir la lógica. Después de la X viene la Y y después de la D viene la E. Entonces a XY le sigue YE. Pero yo estaba errada. La XD es una carita con una sonrisa muy grande. Yo pensé que mi comprensión de las redes iba a terminar con esos asuntos, pero no. Ahora viene lo del autolike. Y que necesariamente lo que yo suba en mi muro tiene que interesarme y me tiene que gustar. Si no lo hago, pues tengo trastornos de personalidad y soy una niña con amigo imaginario. Yo quisiera saber qué lógica sigue eso – le dije a mi conejo. Porque la verdad no tiene ninguna. Obviamente, mi conejo que es un conejo muy ilustrado y que como siempre está dibujado en la pared, tiene mucho tiempo para reflexionar, pues me dio la razón. Tantos siglos de lógica formal, de razonamientos para esto, conejo… ¡Qué desperdicio la humanidad!
Yo quisiera saber qué pasaría si Obama, por ejemplo, que seguro se ha dado un autolike alguna vez, leyera eso. A ver quién le dirá esquizofrénico a un presidente. Imaginé que yo le escribía una carta a Obama y le comentaba eso. Luego Obama se insultaba tanto como yo y mandaba a detener a la señora que redactó el texto. Lugo yo iba a visitarla a la prisión y le decía: ¿sabes qué? ¡La razón por la que estás en este lugar soy yo! ¡JAJAJAJA! Fue lindo imaginar eso, pero desgraciadamente si le escribo una carta a Obama, él no me responderá.
Seguí pensando en el autolike.
Incluso es positivo como promoción. Porque si le doy like a un post viejo, automáticamente se activa y más personas lo ven y (supuestamente) lo leen. Así que como estrategia comercial está bien buena la idea de darse un automegusta. Pero no, esas dos personitas continúan clavadas en su idea de que eso se ve mal. Que no tiene sentido. Que es deprimente. Y que muestra problemas de personalidad.
Yo, la verdad me siento muy sola en este mundo. Y a pesar de que no estoy de acuerdo con lo que piensan, sé que quizás puedan tener razón en la dinámica irrespetuosa de la lógica en la que nos movemos. ¡Oh Dios, oh Dios, qué problema! Yo asocio subir cosas a Facebook a hablar. ¿Quiere decir esto que me debe gustar todo lo que digo? Y me pregunto, ¿a la vez, no es una expresión incluso más narcisista, más ególatra, más deprimente esta, que elegir qué me gusta y qué no, a pesar de lo diga? ¡Así no avanza el conocimiento! Ahora tengo miedo subir cosas. Incluso tengo miedo subir esto. Pues mis instintos dicen que debo dar like (porque me gusta), pero tampoco quiero ir por la vida pareciendo una chica que habla con un tal Carlitos a quien nadie ve. Porque las redes, como bien ya he dicho, son ahora la vida. La vida real. Entonces imagínense… Mejor me pongo a leer a Maquiavelo. O a Levinas. O a Platón, que obviamente no requieren un análisis tan profundo como el de reflexionar acerca del autolike, pero bueno, así disimulo un poco mi inconformidad con la lógica actual. Y oculto mi supuesta esquizofrenia.

En fin, gracias por leerme.





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