Archive for marzo 2016

Sobre mi hermana y las pasiones. Sobre los Rolling Stones. Y sobre la Satisfaction


Y nada, que hablábamos por Skype, las dos hermanas grandes, y yo, la enana. Entonces, la del medio me comentó de su nueva pasión. Su pasión loca. Su pasión enfermiza. Su pasión “no puedo dormir por pensar en la cuestión”: Eddie Vedder, el cantante de Pearl Jam. Lo que ella no sabe es que, como siempre ocurre entre nosotras dos, dicho referente a mí también me hacía sentir. Me activaba la memoria. Porque en su casa, una vez en que me quedé sola, también tuve mi historia con Pearl Jam. También sentí mucha pasión por Pearl Jam. También gemí (mucho, muchísimo), gracias a Pearl Jam. No obstante, su nueva y “sofisticada” pasión, no me pareció nada rara. Ni la asocié con la crisis de los cuarenta. No. Porque antes de Eddie Vedder, fue Brad Pitt y antes fue Jim Morrison. Y esos son de los que me acuerdo. Porque fueron sobre los que más tuve que escuchar cuando compartíamos una pizza o cuando me ponía mil veces escenas donde salía cada uno. Y también sufrí las llamadas a cualquier hora de la madrugada para hablar sobre el tema. Así que ésta, ahora, la verdad no me impactó. Lo que sí me llamó la atención fue cuando me dijo que escribiera un post sobre la cuestión, a ver, si en conjunto, podíamos entender el origen de ese tipo de locuras por las cuales ella, tan intelectual, atraviesa de tanto en tanto.

Luego vino la euforia y los preparativos para el concierto de los Rolling Stones en Cuba. Y los amigos que agarraron un avión y se fueron para allá. Y los otros que madrugaron en la Ciudad Deportiva para verlos cerquita. Y los otros que como yo, nos quedamos soñando, imaginando cómo sería. Porque no tendríamos la oportunidad de estar. Y esos que nos quedamos fuera de la isla rockera, pues buscamos nuestros mecanismos de defensa para intentar no pensar durante ese día. Yo, por ejemplo, me fui a subir a la rueda de Angelópolis, en Puebla y luego a comer como toda una animal.

La cuestión fue que, no sé si por causa de la altura de la rueda, o de la iluminación, o por tanta comida y luego vino, terminé pensando en mi hermana, en sus pasiones y en los Rolling. Más bien, en esa canción que todos conocemos: Satisfaction. Entonces entendí.

El problema de la pasión adolescente de mi hermana se traduce simplemente en un problema de satisfaction. De I can’t get no satisfaction. Y cuando uno can’t get no satisfaction, pues intenta buscar la satisfaction sea como sea. La satisfaction privada de mi hermana es esa. La de muchos de mis amigos, en Cuba, fue irse a  la jungla con más de cuatrocientas mil personas. Y la de aquellos que no fueron, la de esos no las sé: quizás la ida de Obama a la Habana, o ir como yo, a la rueda de Angelópolis, pero seguro hubo alguna. Hubo y hay. Cada día. Lo preocupante del asunto no es la satisfaction, sino más bien la primera parte. El I can´t get no.

Uno busca la satisfaction. Trata. Trata. Try. Try. Y la encuentra. O supone que la encuentra. Pero la satisfaction es un cocodrilo imaginario y escurridizo que simula estar, pero no está. Entonces nos apasionamos, nos volvemos locos, nos volvemos unicornios. Y empezamos desesperadamente a querer sentir a plenitud nuestra satisfaction. Pero nunca es completa. No la alcanzamos. El cocodrilo es demasiado rápido. Y terminamos conformándonos con la satisfaction menor. La satisfation de Pearl Jam, la de Obama, la del concierto de los Rolling, la de la rueda. Y nos aferramos duro, muy duro a ella. Y es que si no, nos consume el I can´t get no, ese malnacido I cant get no, que se traduce en imposibilidad, en decepción, en la vida sin cocodrilo imaginario y escurridizo. Entonces nos quedamos solos. Demasiado solos.

Y al menos, en el I can’t get no de los Rolling, suena el ritmo constante y pegajoso de la guitarra y la batería. Pero en el I can’t get no de la vida real, en ese, hay demasiado silencio.

Se acabó la terapia, hermanita. Sigue en tu satisfaction.

En fin, gracias por leerme.

 

 

 

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Lo que heredamos de Caín


 
No somos buenos. No perdonamos. No olvidamos. No tenemos constancia. No entendemos al otro. No nos importa entender al otro. No nos gusta el equilibrio. Detestamos el equilibrio. Huimos del equilibrio. Queremos ahorcar al equilibrio. Queremos guillotinar al equilibrio. Queremos enterrar al equilibrio.

Nos gusta tener la lengua afuera. Nos gusta la comida casi ácida. Nos gusta pensar en nosotros. Nos gusta perseguir. Nos gustan los alicates apretando los dedos. Nos gustan las pastillas. Nos gusta, en silencio, regodearnos de lo que hicimos mal. Nos gusta ver que el agua burbujee y arruine lo que estamos haciendo. Nos gusta rehacer las cosas. Nos gusta repetir las cosas. Nos gustan las cosas.

Nos gusta, de vez en cuando, matar un sábado a nuestro hermano.

En fin, gracias por leerme.

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Mi sobrina. El amor. Los cumpleaños.


 




 
En lo que a mí respecta, hay seis tipos de amores: los enfermizos, los simpáticos, los místicos, los caprichosos, los tristes y los pausados. Por lo menos esos son los que experimento yo. Por otro lado, para mí, hay cuatro tipos de cumpleañeros: los que detestan esa fecha (como mi hermana del medio), los que no lo detestan pero no pueden dejar de pensar en el paso del tiempo (como mi querida amiga mexicana), a los que les da totalmente igual pero no les da igual si se les dan obsequios, muchos muchos obsequios (esa soy yo), y aquellos que lo aman con todo su corazón y hacen de ese día una fiesta.
Ambas cosas (tanto los tipos de amor como los cumpleaños) convergen hoy en lo pausado y los amantes del día del aniversario. Y es que así es lo que siento por mi sobrina. Y además, hoy es su cumpleaños.
Cuando mi sobrina nació yo tenía dos años. Y a pesar de la corta diferencia de edad que nos inunda a ambas, yo soy su TÍA y ella es mi SOBRINA. No hay nada que nos moleste más que nos digan primas. Porque no lo somos. Somos TÍA y SOBRINA. Eso implica que hay ahí, entre las dos, una especie de jerarquía inquebrantable. Una necesidad de protección de mi parte y una de guía de la suya (aunque nunca he entendido cómo puedo ser una guía para alguien). Este hecho si bien siempre se ha puesto de manifiesto, en nuestra niñez, sobresaltaba más. Recuerdo que yo tenía una ligera (gran) obsesión por la Sirenita Ariel. Entonces, en la playa, obviamente teníamos que jugar a eso. Y obviamente yo era Ariel. Y obviamente, mi sobrina era Flounder, el pecesito gordito y amarillo. Aunque ella no quería, nunca protestaba (o si protestaba yo lo borré totalmente de mi cabeza). Y este es uno de los muchos casos en donde la TÍA imponía respeto (¡uyy, gran respeto!) y la SOBRINA acataba la orden. ¡Qué maravilloso!
Una característica de mi sobrina es que es la más pequeña de toda la familia. Y por ser la más pequeña, ha sido nuestro juguetito, nuestra niña que no crece. Por esta razón, aunque hoy cumpla veinte tantos años, no deja de ser nuestra Floppi, nuestra gordita, nuestra elfito de paticas gordas, nuestra foquita, nuestra dientona enojona, nuestra chanchi,  nuestra piojosa que había que pelarla como varoncito por tantos bichos que tenía, nuestro objeto de burla, nuestra bebé. A ella le encanta eso, aunque se ponga seria y engurruñe la boca. Porque ella también se siente así frente a una familia que no la deja crecer. Entonces, ¿por qué (y para qué) luchar?
Ese sentimiento siempre provocó en mí cierta tendencia a protegerla y no comprender que ella también puede proteger y que puede sentir como una adulta. Entonces hace un año y un mes me separé de ella y en mi bolso, atravesando el mundo,  leí una carta que me había escrito. Y luego ya en el fin del mundo, leí un texto que escribió sobre nosotras. Entonces todo en mí dio un vuelco. Y comencé a pensar en todas las cosas que habíamos vivido juntas y en cómo siempre estuvo de una manera dura. Durísima. Adulta. Incluso más adulta casi siempre que todos nosotros. Esos textos también me hicieron pensar en que, como siempre me ocurre, nunca le había dicho seriamente las cosas que sentía por ella o más bien, las cosas que pienso sobre ella. Hablaba de los tipos de amor al principio, porque el amor que siento por mi sobrina, es de ese tipo pausado, que no hace nunca daño, que nunca se conflictúa. Y eso es algo admirable. Porque normalmente el amor afecta porque la otra persona hace que afecte. Pero no en su caso. Porque mi sobrina es una de las personas más nobles que he conocido. Y la nobleza, algo que yo no tengo, es una rara avis, al menos a mi alrededor, es algo que casi no existe. No hay tiempo para que exista. Pero ella sí tiene tiempo para ser así. Por eso puede presumir que tiene muchos amigos que de veras son amigos. Y es que nadie se resiste a ella. A ella y su nobleza exquisita. Entonces, si bien continúo viéndola como mi sobrina chiquitica, desde esas cartas, desde la separación, desde la angustia de no tenerla cerca (ni a ella ni a ninguno de mis seres más queridos), me he cerciorado de la dependencia tan grande que tengo de su ser. Y es una dependencia protectora pero que a la vez se vuelve de fragilidad. Yo, ante mi sobrina me siento un ser frágil. Eso es raro, porque en esta familia todos (o casi todos) somos Hard Rock. Luego me di cuenta que no sólo soy yo la que tiene cierta dependencia afectiva de mi sobrina. Mis hermanas, mi papá… no hay nadie que de una manera u otra, escape de la necesidad de amarla. Porque amarla a ella es una necesidad. Y vuelvo, una necesidad pausada, constante, que no afecta, que achina los ojos. Linda.
Que tengamos la quasi misma edad, hace que sintamos y reflexionemos muchas cosas de manera similar. Porque si bien siempre he tenido sostenes mayores que yo, si gran parte de mi personalidad está marcada por crecer con dos hermanas mucho más grandes, por desarrollarme entre los tormentos de la vida práctica de una y el profundo pensamiento de la otra, encontrar a alguien que viva a tu ritmo, que viva tu tiempo, es algo maravilloso. Y es lo que encontré en mi sobrina. Que amabas somos hijas de un mismo tiempo. Es por ello que a pesar de la distancia sufrimos de la misma forma y sonreímos de la misma forma, porque cada una vive lo mismo de cierta manera.
Una de las cosas que más feliz me hace por estos días, es que  siempre comience nuestras pláticas  en el chat con un “¿estas?” Porque lo primero que pienso siempre en decirle es: “estoy, estoy siempre mi amor.” Siempre quiero decirle mi amor. Yo le quiero decir mi amor, mi amor, mi amor. Yo le quiero decir: “quiero estar incluso más” , pero no lo hago porque sé cuán triste puede ser decir eso cuando se siente de veras y no se puede estar completamente. No se puede estar en la casa. No se puede estar a la hora de la cena. No se puede estar un sábado en la noche. No se puede estar en una tesis. No se puede estar cuando te quieren tocar. No se puede. Por lo menos ahora, no se puede.
Mi sobrina me recuerda mucho a mi hermana del medio. Porque ambas son personas que tienen mucho que decir y no lo dicen nunca. Prefieren callar. Mi hermana mayor y yo somos más gritonas. Somos más de decir lo que sea. Vomitamos zapatos dorados. Pero ellas nos. Ellas son de ese tipo de personas que hay que abrirles la boca y meterse dentro de ellas. Y ya dentro, es imposible salir. Porque devoran. Te comen el alma para siempre.
Otra cosa que me hace muy feliz es que me diga que nos iremos a vivir juntas a New York. Y también que se ponga eufórica sólo de pensar que voy a Cuba. Y que yo allá, duerma conmigo siempre en la misma cama, incluso lo haga cuando duerma con mi mamá. Me gusta sentir que la tengo al lado, siempre calentita, casi sin ropa y con baba en la boca al despertar. Eso me encanta cada vez que voy a Cuba, dormir con ella.
También me encanta leer lo que escribe. Porque, como igual me pasa con los textos de mi hermana del medio (en esta familia todo el mundo escribe), leerla me provoca sentimientos fuertes. Me hace sentir lo que sienten. Me alejan de mi cinismo habitual. Porque ellas son sinceras en la letra. Y mi sobrina, siempre, siempre, suelta el alma y por ende, su nobleza.
Mi sobrina le gusta bailar como John Travolta en Vaselina. Y le encanta que le pidamos que baile así. Y comenzamos a reírnos. Y ella le encanta hacernos reír porque sabe que nos hace felices. Ella siempre quiere que todos estemos felices, al menos por un instante.
Mi sobrina es una persona que sufre mucho, porque piensa mucho. No se libra del trastorno que todas heredamos directamente de mi papá: el tormento. Aún así no lo expresa casi nunca y yo me pregunto, ¿cómo puede? ¿Cómo carajo lo logra? ¿Cómo no se revienta un día?
Mi sobrina ama los cumpleaños. Los ama con todo su corazón. Por eso siempre hay una fiesta. Por eso siempre hay sorpresas. No sé si mi sobrina piensa en que está envejeciendo. Seguro que no, porque, ya les dije, ella no crece para nosotros. Por eso sus aniversarios son siempre como los aniversarios de una niña que está contenta de tener un año más.
Mi sobrina es periodista. Pero yo digo que debería ser escritora. Sacar eso que no saca nunca, al menos a través de la ficción. Porque en la realidad eso no se puede hacer. Es demasiado filosa. Es por eso que la incito a escribir. Porque escribir libera. Es una cruz que carga uno cuando grita mucho, cuando se es contradictorio. Pero cuando se es como ella, pues esa cruz se vuelve un placer. Un placer para quien escribe y un placer para quien lea.
Hoy me gustaría estar en la Habana. Y también me hubiese gustado estar ayer. Seguramente me la hubiera pasado hablando más con sus amigos que con ella. Y ella seguramente, hubiese estado más pendiente de otros asuntos. Pero luego, al final, cuando todos se fueran, iba yo a prender un cigarro, en la cocina de su casa. Iba a sentarme en ese muro de concreto sin pintar. Y hubiese comenzado el diálogo. La intimidad de las dos con mucho humo de por medio. Y al final vendría la hora de dormir. Juntas. Y los cariñitos que tanto le gustan.
Ya no sé ni qué estoy escribiendo… no tengo coherencia. Ese es el problema que existe cuando uno intenta expresar lo que siente. Que se pierde en sensaciones.
Y nada… que siempre se debe regalar algo en los cumpleaños. Y como no le puedo enviar una Nutella, como no puedo dormir con ella, como no soy capaz no siquiera de poderle decir las cosas frente a frente, pues le regalo este post que parece de madre orgullosa de su hija. Donde he intentado dejar el cinismo a un lado. Donde intento agradecerle por todo. Donde le cuento que siempre le quiero decir que sí, que estoy. Estoy siempre, mi amor.
En fin, gracias por leerme.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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