Archive for febrero 2016

Sobre los Emoticons. Sobre el día de San Valentín. Y sobre el Papa Francisco. (Parte II)


Y bueno, que continúo con el tema de la semana pasada. Así que si quieren entender esto, lean el otro post.

C’est fini.

Luego de siete días más de reflexión, sigo igual de perturbada por los emoticons. Es una ligera obsesión que tengo de la cual no me libro. Es una desgracia tener una mente como la mía. Es que pienso mucho. Y pensar es malo. Te puedes morir. O no, no sé, miren a Bauman, que tiene noventa años, piensa mucho y sigue vivo. O a Eco, que se murió con ochenta y cuatro años (en serio, qué fuerte, se murió Eco, mi archienemigo).

También he pensado en el catorce de febrero, el día de San Valentín. Mis “días del amor” siempre han sido traumáticos. Recuerdo que cuando tenía once años andaba de novia con un niñito que era un poco loco, la verdad. Y loco con loco, trae consigo locura. Eso sí es obvio, no como cuando te mandan un emoticons de un tigre y tienes que interpretarlo. Entonces recuerdo que ese niño me gritó desde los bajos de mi edificio y me dijo que bajara. Yo bajé. Y ahí estaba él, esperándome con un ramo de flores y una carta. Pero como siempre he sido una chica dura (aparentemente), tomé el ramo de flores y le dije, “¿qué cosa es esto?” Y lo boté. Ese niño me dijo algo así como: “eres una perra mala y nunca recibirás amor, sobre todo en este día”. Yo creo que fue una especie de maldición. Porque al año siguiente, comenzaba yo en la secundaria. Andaba muy enamorada (amor, dolor, pasión) de un chico. Obviamente éramos novios y obviamente teníamos una relación muy convulsa. Entonces, llegó el catorce de febrero, “día del amor” y todos me convencieron de que le comprara un obsequio. Y lo hice. Fue un perfume barato de esos que vendían en un súper cerca de mi casa. Entonces pasé por su clase, lo llamé y le dije “ten, felicidades”. Y me fui. A la hora del recreo lo vi, pero casi no interactuamos. O sí, no lo tengo muy claro. Creo que nos dimos un par de besos y ya. Lo horrible pasó a la salida del colegio. Él se había ido y yo me quedé con unas amigas sentada en un parque, tomando helado. Entonces apareció un amigo de mi novio. Y nos pusimos a conversar un rato. En eso, la madre de mi chico me vio, me miró con mala cara y siguió. En la noche nos íbamos a una fiesta. Y claro, yo iba con mi chico pues tendríamos una fiesta romántica y luego, noche romántica. Aproximadamente a las ocho de la noche, lo llamé para preguntarle a qué hora nos veríamos. Y él, con voz de drama y muerte me dijo que ¡¡¡ TENÍAMOS QUE TERMINAR!!! La justificación fue que su mamá me había visto ZORREANDO con su amigo. O sea… Yo me molesté mucho y como siempre he sido tajante, le dije, “ok, pues ¡ADIÓS!” Y aunque estaba sufriendo mucho (porque yo sufro mucho, aunque no lo parezca), me fui a la fiesta con mi amiga. Allí lo encontré. Y mi corazón, corazón apasionado romántico, Shakira letal, pensó en la reconciliación y en hablar con él. Pero el chico no quería ni mirarme. Sus ojos expresaban furia y odio (ya ven que sí soy romántica), y así sin más, se me acercó, me dijo que yo era mala y ¡se fue a besar a otra chica! Como era de esperar, mi corazón colapsó. Pero continué fuerte, impúdica, de hielo. Cero Shakira. Y la pasé muy bien. Al llegar a casa, está de más decir que me tumbé en la cama, maldije a la bendita madre de mi chico, toda chismosa y hablando mentiras. Puse un cd de Shakira, luego de Maná y luego de Linkin Park y luego The Cranberries, y me eché a llorar toda la noche. ¡Oh, oh, oh, qué vida cruel!- repetía sin parar. Al otro día, mis ojos estaban hinchados. Era sábado. Comencé a leer algún libro de esos deprimentes  para adultos que solía devorar, y llegué a una conclusión muy obvia: la vida no tenía sentido, había perdido al amor de mi vida, nunca más iba a sentir amor por nadie, rasurar al espejo ya no sería un placer (porque yo de niña, rasuraba el espejo, ni pregunten por qué). Acto seguido, tomé mi diario, hice un texto deprimente sobre el poco sentido de la existencia sin amor.

Y decidí suicidarme.

Fui al salón de mi casa: miré a mi padre, a mi madre, a mi abuela, con ojos de despedida, pasé a la cocina y tomé un cuchillo. Me fui al baño. Sentada en la bañera, llorando a mares, le dije adiós a la vida, a mi espejo e intenté cortarme las venas. Pero la verdad, eso dolía mucho. Y preferí buscar algo menos doloroso. Así que volví a ir al salón, volví a mirar con ojos de despedida, a mi madre, a mi padre y a mi abuela, fui a la cocina y agarré UN TENEDOR. Entonces retorné al baño, comencé a llorar a mares nuevamente e intenté clavarme el tenedor, pero por más que intentaba, ¡qué va!, eso no cortaba. Y bueno, al final, se me acabaron las lágrimas, me aburrí y decidí dejarlo para otro día. Creo que en algún post hablé sobe este, mi súper intento  de suicidio, pero nunca expliqué el por qué… es que estaba esperando a un San Valentín.

A partir de ahí, todos los demás fueron similares, no de suicidio, mas sí de completa decepción. Porque la maldición de aquel novio mío se hizo realidad y con los años me fui volviendo más incrédula, y más “perra”. Hubo uno que pudo haber sido bueno. Fue con mi mejor amigo de aquella época; amigo al que amaba y me amaba pero éramos amigos. Y ese día pues tuvimos una salida maravillosa, no romántica ya que  nos fuimos a una disco con música muy progresiva, pero fue bonito en general. Lo trágico fue a la hora de regresarnos, pues él se quedaría en mi casan a dormir y andábamos tan borrachos que la noche se convirtió en un infierno de ganas de vomitar y no lograrlo. Speed of sound, de Coldplay, quedó arruinada desde ese día pues no teníamos fuerzas para apagar la computadora y la rola se repetía y se repetía hasta el infinito.

Con otro, que me colmó de regalos ultra cursis, decidí acostarme ese día. Y fue tan pero tan pero tan pero TANNNN horrible que del tiro le dije: “mira, lo haces muy mal, así que es mejor terminar. Adiós.” Y bueno, otro catorce arruinado. Así hubo muchos más o simplemente no hubo, o sí hubo pero dejaron de significar para mí. No porque sea una estrategia mercantil para vender a lo Black Friday, no porque no sea cool ver a una escritora filósofa en todas esas boberías. No. Mis San Valentines se truncaron desde el día en que ese chico me echó la maldición. Lo cómico del asunto es que yo lo amaba también a él. Pero es que no sabía (ni sé) cómo expresar mis sentimientos.

 Este año, pensé que, como el Papa estaba en mi tierra y que exactamente, el catorce, iba a estar aquí en México, las cosas iban a ser diferente. Porque, aunque nadie me haga caso, yo sé que el Papa Francisco fue a Cuba intencionalmente el doce de febrero porque en esas fechas de enamorados, son en las únicas que un Papa católico y uno ortodoxo con el respaldo atrás de un presidente comunista,  pueden darse un besito y ser amiguitos. Ya yo imaginaba al Papa, con su papa- Iphone, enviándole un whatsapp a al Papa ortodoxo, diciéndole:

Papa Francisco: Oye, llego a Cuba el doce, ¿qué crees? (diablito rojo, carita con ojos de corazones y un tigre).

Papa Ortodoxo: (que andaba en medio de una misa) responde: Ok (diablito morado, carita pícara con la mitad de la lengua afuera, un gorrito de cumpleaños, copas de vino y una iglesia) – Luego le manda otro whatsapp preguntando - Oye Francisco, ¿qué cosa es el tigre ese? (Ya les digo, lo del tigre me ha dejado más loca aún).

Papa Francisco: Ya te explico cuando llegue a la Habana. Por cierto, vamos a agregar a Raúl, para que sepa a qué hora llego y lo que haremos.

Papa Francisco a Raúl: Raúl, llego en la mañana (de nuevo diablito rojo, carita con ojos de corazones y un tigre).

Raúl: Dale, riquísimo. Ven pa’ acá. (Carita de diablito, una bandera cubana y otra del Vaticano). -Luego otro whatsapp – Oye Paquito, ¿por qué el tigre? (¡y es que nadie entiende el emoticons del tigre!)

Como yo imaginé esa conversación tan súper buena onda ( que estoy segurísima de que así fue), y luego supe que ya andaba en México, pues pensé que quizás, con tanta divinidad en el ambiente (carita sonriente de angelito), pues iba a tener un día de San Valentín no amoroso, pero sí amoroso en el sentido de creer un poco más en las cosas bonitas de la vida, en recibir amor, en creer que las personas son buenas. Pero nada. Ni el Papa Francisco hizo que me librara de mi maldición. Igual continué decepcionada de todos. Igual sólo vi acciones feas a mi alrededor (al menos, acciones que no me gustan), y para colmo, tuve que dormir en una casa llena de animales (y ya saben lo que a mí me gustan los animales…). Luego, en mi departamento, reflexionando, llegué a la conclusión de que no es la humanidad. La humanidad debe ser buena, con sus fallas pero buena. Soy yo y mi maldición, que impide que aprecie las cosas bonitas de ese día, las cosas consumistas y enajenantes de ese día que a todos, digan lo que digan, les saca una sonrisa.

Conclusión:

Las maldiciones son malas. Malísimas. Son perras. Como yo.

Tengo que hacerme un despojo, una limpieza espiritual.

Pero no encuentro un emoticons que me ayude a hacerme esa purificación.

Quizás el del tigre, si lo sacrifico y lo ofrendo a los dioses.

Todo por Whatsapp, obvio. O por Messenger.

En fin, gracias por leerme.

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Sobre los Emoticons. Sobre el día de San Valentín. Y sobre el Papa Francisco (Parte I)


Hace dos semanas no escribía porque andaba muy trastornada (¡qué raro!). Trastornada y reflexionando mucho.  Realmente no han sido las meditaciones escolares las que me han llevado al borde del desequilibrio. Quizás un poco sobre las relacionadas con el rizoma y con San Agustín y sobre cómo el sacrificio es un regulador en la sociedad. Un poquito sobre eso. Ya. Pero lo que ha tenido a mi mente afectada ha sido algo que para mí no existía: la importancia real que tienen los emoticons.

Todo comenzó por una inocente conversación de chicas que escuché al “descuido”.  Una le decía a la otra: es que nuestra relación ya está cambiando, figúrate que ya no me envía emoticons de besitos ni nada de eso. Eso me chocó, pero la verdad lo dejé enfilado en la lista de cosas sobre las cuales quiero reflexionar en algún momento. Luego, en un bar, escuché a dos amigos conversar igual sobre el tema:

-          Amigo uno: ¡No mames! ¿Entonces te respondió?

-          Amigo dos: Sí y fue súper especial. Imagínate que me mandó un emoticons (no recuerdo de qué tipo) y eso, Amigo uno, significa algo.  Eso expresa simbólicamente algo.

-          Amigo uno: Sí, sí. Tienes razón.

Tras esa pequeña y cretina plática no escuché más nada. Y mi cabeza se puso a dar vueltas como loca. No contenta con eso, al otro día tuve que preguntarle al Amigo uno, cómo funcionaba eso de los emoticons, porque para mí, la verdad, la única utilidad que tenían era para no escribir tanto cuando no se tiene deseos. Pero ahí me enteré de que no. Cada emoticons tiene un significado que va más allá del significado obvio que se le puede atribuir.  Aún insatisfecha (porque siempre me quedo con la lengua afuera y mojada, ansiando más y más), llamé a otro amigo, esta vez de otro continente, para ver si ése fenómeno era sólo de aquí, de Latinoamérica. Me dijo exactamente lo mismo que el Amigo uno mexicano. Este otro amigo se extendió más. Incluso me contó que una vez, una chica le envió un emoticons de un tigre y que él no entendió bien y le preguntó que si estaba sacando a pasear a su perro. La chica, que lo que quería expresarle era que estaba caliente, fogosa, feroz, como una tigresa, y que quería  comérselo entero, obviamente se insultó ante la falta de comprensión de mi amigo.  El fin de la historia: mi amigo se perdió de que una “tigresa” lo devorara. Yo casi muero de risa. Y es que si a mí me envían un emoticons de un tigre lo que pienso es lo más lógico: que esa persona se compró un tigre. Fin.

Luego de varias pláticas sobre el tema, con personas de distintas nacionalidades y de enterarme en mi clase sobre Deleuze que recién le otorgaron un premio a alguien que hace emojipoems (poemas hechos con emoticons… o sea…), mi estado de burla comenzó a mutar a estado de preocupación. Si esas caritas, emoticons o como le digan, tienen algún significado fuerte, pues yo andaba muy jodida. Me explicaron que una carita dando un besito no es lo mismo que una que da un besito con un corazón. Y que una carita con ojos de corazón es algo muy serio y fuerte. Igual si envías un corazón. Y que lo más adecuado era enviar una carita que solamente sonría; no una sonrojada y con cara pícara porque eso se puede interpretar como una Lolita zorrota. ¡¡¡Y sin contar el emoticons del tigre!!!

Yo vengo de un país donde no hay whatsapp. Y donde los mensajes de texto cuestan nueve centavos de cuc ¡ CASI NUEVE CENTAVOS DE DOLLAR! Entonces, en los mensajes que yo enviaba o que me enviaban, las cosas se reducían a: “T VEO A LS 7 EN EL KFÉ D 17 Y L. NO LLGS TARD”. Así mismo eran, pues de esa forma ahorrábamos caracteres y el mensaje no se convertía en uno doble, es decir en ¡¡¡DIECIOCHO CENTAVOS DE DOLLAR!!! Entonces, esto de los emoticons es algo nuevo. Y yo, como toda una naïve en este tema tan delicado, pues le mandaba la carita que fuera a no importa quién: lo mismo un corazón a un profesor, que una carita con la lengua afuera a mi tutora de tesis, que caritas con besos y caritas con ojos de corazones a nuevos amigos que iba haciendo. Ya les digo, ¡un caos! ¡Un caos del cual yo no estaba al tanto! Pero ahora, ahora me ha caído un balde de agua fría encima. ¡Cuán inapropiado me he comportado en esta sociedad capitalista!

Entonces me juré solemnemente y juré por Dios (es decir, Assange), que nunca más iba a utilizar un emoticons con alguien, a no ser que ese emoticons fuera o un pollo, o un pony o un unicornio. Porque a mí me gustan mucho los pollos, los ponies y los unicornios. Y bueno… supongo que ninguno de los tres puede tener un alto contenido erótico… a no ser que analicemos todo a partir de los parámetros de Freud. Pero en fin, la mayoría de las personas no se detendrían en ese análisis. Primero tienen que concentrarse en descifrar que si te envían un tigre, es que quieren ponerte en cuatro patas encima de una cama (supongo que en cuatro porque así lo hacen los tigres y las tigresas…)

Y todo fue felicidad. Y contundencia. ¡Aléjate de mí, Satanás en forma de carita de diablo rojo, o morado!

Mas no lo alejé.

Porque luego vinieron las dos reacciones que me han tenido más que enferma. La primera, es que ahora no dejo de pensar en qué significa cada emoticons que me envían y si no me envían ninguno, igual comienzo a meditar sobre por qué no me enviaron ninguno. Ya es algo que no puedo evitar pensar. Me está pasando lo mismo que cuando vi por primera vez Blue Jasmine, de W. Allen; específicamente la escena en que el teléfono suena y ella demora diez segundos en responder porque así, la persona que la estaba llamando (su futuro amante), no se daría cuenta de que ella estaba loca desesperada, esperando su llamada. Nunca comprendí por qué algo tan irrelevante como eso y que en serio encontraba muy cretino, se quedó grabado en mi mente y desde ese día, si alguien que me interesa me llama, demoro diez segundos en responder. Es algo realmente fútil, pero que mi mente grabó aquella vez que vi el filme y desde ese día no he podido quitarme esa maña.

La segunda reacción es la más aterradora. De repente fui a enviar un whatsapp. Vamos a suponer que escribí: “la comida te quedó deliciosa”. Se supone que con estas palabras la idea quedaba clara. ¡PERO NO! Algo no me convencía, algo me faltaba. Algo hacía que la frase y el sentido exacerbado de lo delicioso, quedara incompleto. Y yo me preguntaba qué era, qué era… hasta que al final me di cuenta: me faltaba la carita sonriente con la lengüita a un costado. Y así con todo lo demás: con los mensajes de Facebook, con los de Twitter, con los de Messenger…. ¡Ahora no hay manera de que una idea se exprese completamente, si no pongo un jodido emoticons! ¡No puedo dejar de utilizarlos! Eso me tiene muy preocupada. Porque, por un lado, esas cosas continúan sin significar nada para mí, pero a la vez siento mi frase incompleta si no lo utilizo y para colmo, me parto la cabeza pensando en qué significará el emoticons que alguien me envió, o por qué no me envió nada, o por qué me envió en un mensaje y en otro no… y así hasta ponerme histérica. También me desequilibra más el hecho de que, aunque los emoticons son ahora necesarios para que mi frase se complete, eso no significa que utilice siempre imágenes coherentes. Lo mismo envío una carita con ojos de corazón, que un gato, que dos chicas besándose, que un arcoíris, que una tortuga. Y es que, la necesidad es la de agregar una imagen, la que sea, pero una imagen. Me he convertido en algo tan visual... El sentido que tiene mi emoticons hacia el receptor, sigue un poco loco. Pero igual la envío. Mi mente quiere estallar de tanta presión que siento.

Esta paranoia que tengo ahora se tornó incluso peor con el día de San Valentín y también con la llegada del Papa Francisco a Cuba, que fue a reunirse con el papa Ortodoxo ruso.  Y todo por las mismas fechas. Las mismas fechas en mi cabeza: primero de febrero, comenzar con la paranoia de los emoticons, doce de febrero, llegada del Papa  Cuba, catorce de febrero, Día de San Valentín. Todo eso significa algo. Todo tiene una lógica.

Pero ya este post se acabó. Llevo tres cuartillas escritas. Además se me acabaron los cigarros. Y el té con leche.

Entonces me retiro, blandiendo mi sombrero de plumas. ¡Abur, abur! La semana próxima termino mi reflexión sobre los emoticons, el día de San Valentín y el Papa Francisco. Ahora me iré a dormir, antes de que me empiece la ansiedad por la falta de nicotina.

P.D: Estos posts  incompletos me gustan mucho. La hacen sentir a una importante. No sé,  estilo Lars Von Trier, sus trilogías y toda esa parafernalia… Qué chido.

En fin, gracias por leerme.  

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