Archive for agosto 2015

Las manos de Patricia no pueden acariciarme



                                                       Artwork: Patricia Gonzáles Kasaeva

Ni  a mí, ni a nadie más. O al menos eso decía José Gaos, en un ensayo sobre las caricias. Rectifico. No fue que me dijo, “Oye A, tu amiga Patricia no puede acariciarte” (es que los filósofos no mencionan jamás a la gente común, solo a otros filósofos). Más bien fueron las referencias que me daba en su texto. Texto que leí hace semana y media y yo, la verdad, no pude dejar de pensar en esa carissima mía, mitad cubana, mitad rusa y mitad española. Quizás por eso, por el enredo de nacionalidades que tiene, sangre mezclada y extremista, que va desde los menos veinte grados, hasta los treinta y siete, con noventa y ocho por ciento de humedad, quizás por eso, sangre loca,  manos locas. Y es que hace ya años, esa niña hacía sudar hasta las barandas de los autobuses, las hojas de papel, lo que fuera, porque tenía, siempre, unas manos empapadas. Pero empapadas de veras. Que las gotas le corrían por el antebrazo. Y aún con diez grados (pocas veces podíamos disfrutar de diez grados, en la Habana), pues sus manos empapaban lo que tocase. Incluyéndome a mí, que me dejaba manosear y apretujar por esta chiquilla pegajosa, que quería lograr que yo fuera más expresiva emocionalmente. Incluso, recuerdo una vez que, al llegar a casa, tenía la camisa del colegio aún medio húmeda y mi abuela, que ya sabía de los sudores manales de mi amiga, me decía: ¿tú andabas con Patricia, cierto?
Yo encontraba esa enfermedad (porque eso es una enfermedad… creo) como algo extremadamente dulce. Lo veía como la expresión máxima del erotismo. Recordaba aquello que decía Freud, sobre la relación  pansexual entre el escritor y el libro, cada vez que ella, escribía en su cuaderno de anotaciones, y la hoja se empapaba. Luego se secaba, con todo aquel sudor, y el papel, se quedaba, estrujado, deforme, como lo que ella escribía, como las cosas que sentía, como ella misma. Y como yo, porque a los dieciséis, uno tiene el corazón desmembrado, el día entero. También pensaba en la mera relación hombre - mujer, cada vez que me contaba sus avatares amorosos. Y es que yo, nunca he podido escapar de ese tipo de reflexiones que, como me diría el mismo Gaos (ya saben, a través de sus hojas, que no estaban sudadas) encuentran en lo sexual, lo no sexual. Y me rompía la cabeza pensando en si el sudor corporal sería igual al sudor de sus manos. Y en cómo se mezclaría todo aquello. Y en cómo sería sentir sobre tu cuerpo sudado, no por el calor de la Habana, sino por el calor de la excitación, las manos de ella. Calor soviético - hispano.
Luego Patricia se fue a Barcelona y se acabaron las caricias a la baranda del autobús, a las hojas, a mi camisa del bachillerato. A todo. Y pensé que, quizás con el cambio de ambiente, las cosas cambiarían. Pero seis años después, me monté en un avión, destino Barajas y de ahí a esa ciudad gótica. Y allí estaba ella, esperándome, con las manos idénticas a como las había dejado. Pensé en los cambios, y en cómo es relativo. En cómo se supone, que lo que más se transforme sea el cuerpo, lo físico, y cómo en ella hasta el olor era el mismo. Loco todo aquello, la verdad. Y sus caricias continuaron igual, tanto para mí, como para el resto de la gente, a la cual le gusta apretujar.
Es que incluso, a través de la pantalla del ordenador, esté yo donde esté, continúo viéndola prender un cigarrillo, darle varias bocanadas y al final, encontrar en el cabo, las marcas húmedas de sus manos.
Entonces viene Gaos y me dice, que una caricia, no la puede ofrecer cualquiera. Que una mano, para acariciar, debe estar seca, debe ser suave, debe ser lenta, debe ser pura. Y mi amiga no está seca. Mi amiga no es suave. Mi amiga es hiperactiva. Por eso, llevo una semana y media confundida, porque ahora no entiendo qué es lo que esa chica reparte por todos lados. Y peor, no sé lo que esa chica me hacía a mí. Porque si no eran caricias, ¿qué eran? Y uno no puede estar dejando que le hagan cosas que uno no sabe qué cosas son… ¿o sí? También, leyendo a Gaos, me enteré de que una caricia, obligatoriamente, debe estar marcada por la otredad. Tiene que haber otro al cual acariciar, porque aquellas que uno mismo se da, pues no son válidas, porque uno no puede acariciarse a sí mismo. Y entre eso y las manos sudadas de Patricia, me confundí aún más. Porque a mí me encanta acariciarme. Y acariciarme el pelo (todo aquel que tiene cabello corto, tiene manía de acariciárselo). Entonces no sé, ni lo que mi amiga me hacía, ni lo que yo me hago. Y también me intrigan las manos de Gaos, cómo serían, la verdad.
Pero luego, reflexionando con un amigo, contándole mis confusiones intelectuales, me dijo algo que al menos resolvió el problema con mis manos y conmigo misma. Me dijo: “Tú no tienes problema, pues tienes varias personalidades. Tú eres A y eres Monique”. Y es cierto. Así que, puedo decir, que yo acaricio, porque no tengo manos sudorosas, y cuando me lo hago a mí misma, pues se lo hago a Monique, o se lo hago a A, en dependencia de si es un día cualquiera, o de si es un domingo. Y me sentí aliviada, despejada de dudas, al menos en ese aspecto. Porque yo soy A y yo soy Monique. ¡Ehh, qué alivio!
Pero entonces, volví a Patricia, y su calor constante. Y volví a perderme. Y no entiendo ni la foto que he puesto al inicio y que nos tomamos en Viñales. Porque me inquieta que me hagan cosas que no puedo definir.
Y bueno, en eso ando. Debatiéndome. Cuestionándome. Y sin nadie que me aclare. Porque Gaos, como buen filósofo, me planteó la duda, cerró su libro y se fue a dormir. Y a mí, a mí me dejó confusa.
En fin, gracias por leerme.

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Una mangosta, un “yogudín” y un robo. Julio letalísimo

Lo interesante de irse de Cuba no es, precisamente, irse, sino regresar. Porque ,o uno se siente completamente ajeno, o se siente completamente igual. Y lo que ocurre a la gente que recibe a los que se fueron de Cuba es que, o se sienten completamente eufóricos, o fingen estar completamente eufóricos. Pero, lo que ocurrió conmigo es que, como no sé si me fui de Cuba, entonces, creo que llegar, me provocó ,más que todo, hambre y cansancio. Y aquellos que me recibieron, al parecer, se sintieron escritores, o cronistas, o qué sé yo. Y digo esto porque, unos cuántos de ellos (mi madre, mi padre, mi sobrina y amigos), me han enviado textos para que los cuelgue aquí. Textos (¿vergonzosos?), contando un poco  lo que hicimos, cuando yo, que no sé si me he ido de Cuba (o si me he ido de alguno de los lugares en los que he estado) llegué a La Habana, el pasado julio. Y nada, que se pusieron nostálgicos, trágicos, reflexivos, con deseos de contar algo, por pequeño que sea. Más o menos lo mismo que me ocurre cada domingo, cuando enciendo el ordenador y me encuentro con esta página en blanco. 
Los dejo con sus textos. Y sus reflexiones. Y sus euforias. Porque aquí todo el mundo tiene un gato y se llama Monique.
De mí, esta semana, creo que lo único que hay, son las piernas...



Una mangosta, un “yogudín” y un robo. Julio letalísimo
Susana Núñez
 
Ustedes se preguntarán qué tienen que ver un mamífero, el diminutivo de un lácteo y un acto delictivo, con un sintagma nominal compuesto por el séptimo mes del año, acompañado de un superlativo léxico (letalísimo) como rasgo morfológico del discurso coloquial.
Pues bien, el pasado julio, luego de la fiesta de cumpleaños de la madre de A - no de la madre de Monique, ni de su gato – nos sentamos a conversar A, su sobrina Silvia, dos vecinos – dos yogurines de dieciocho añitos -  y yo. La conversación versaba sobre consejos de la vida de nosotras, unas chicas veinteañeras “súper experimentadas”, para con los “yogurines”. Durante la charla, fuimos pasando de los consejos a los chismes y las averiguaciones y “entre col y col el mar” y entre cigarro y cigarro, salió a la luz que una de nosotras andaba con un “yogurín”, que en realidad era un “yogudín”, porque tenía problemas logopédicos y era incapaz de pronunciar correctamente la vibrante simple, es decir, la erre. Luego de avergonzar lo suficiente a la pedófila prematura del grupo, pasamos a otro tema: los trabajos investigativos; y aunque se habló algo de abuelas raperas, el tema que causó sensación fue uno sobre el ecosistema haitiano. Ahí es donde entra la mangosta, porque por alguna razón, entre los diversos ejemplos explicados,  a todo el mundo le pareció gracioso que los españoles introdujeron a las mangostas en Haití. A su vez, éstas acabaron con las serpientes y con algunas especies de aves, porque luego de que extinguieran a dichos reptiles, comenzaron a comer algunos huevos de aves. En medio de eso, A, bajó a saludar a cierto prosti amigo nuestro, y vio cómo un hombre se colaba en casa de una vecina. Media hora después, en medio de otra conversación, esta vez sobre robos, A dice, muy risueña, que vio a un hombre, saltar la cerca de la vecina, pero que para ella, era el novio de la hija de la vecina o alguien que quería coger unos limones. Y eso hubiera sido creíble, si en la casa hubiese alguna mata de limones y si no hubieran sido las dos y media de la mañana. Ahí llamamos  a la vecina, llamamos a la policía, salimos todos corriendo a esperar a la policía, aparecieron cuatro patrullas, pero no apareció el supuesto ladrón, o novio de la hija de la vecina, o robador de limones. Así que nos quedamos sin algo genial que contar y sobre todo, sin algún chisme en el qué entretenernos. Eso (y más que no contaré porque la verdad, luego del cuento de las mangosta, los ladrones y los limones, no viene al caso) pasó este julio, un julio letalísimo, sí, porque solo un superlativo podría describirlo. Entonces solo quedan cuatro reflexiones:
-         Necesito hacer investigaciones menos raras.
-       Voy a rezar porque mis hijos no tengan problemas logopédicos, para que no aparezcan descritos en ciertos blogs.
-         Cuando ocurra otro intento de robo, llamar a la policía antes que a la vecina.
-          Después de este julio, ya me puedo morir en paz, la vida nunca me regalará uno mejor. 

     Jodidas mangostas, batido de fresa y algun q otro hecho torpe. Además de personajes de cuentos infantiles, reflexionando...

Ulises Mendoza
      
 Muy malo que soy en esto de escribir. Lo mío son los números, los cálculos y de vez en cuando, la cocina. Pero a petición de ciertas prostis, voy a tratar de hacer algo. Dicen que debo escribir sobre el mes de julio, bueno, sobre la segunda semana del mes de julio, porque la primera, debido a una borrachera en el “Diablo Tun Tun”, no me acuerdo muy bien de nada.
Entonces, sería a partir del día siete, ¿no? ¿Más o menos por esa fecha, A? Digamos que sí. Llegar a eso de las doce, una caja de dulces q vi por fotos que tomaron (y ninguna foto de la pobre A). En todas salían sus amigas, su madre, su sobrina y los dulces, ¡qué rico los dulces! Pero no los del Sylvain de la Lisa. Esos son un asco.
Sucedieron muchas cosas durante ese mes, pero nada tan relevante como cuando estábamos un grupo de amigos, en el malecón habanero, para ser exactos, malecón y N, en un parquecito que hay en el medio de todo (muy iluminado por cierto; se ve q está cerca de la Embajada de Estados Unidos en Cuba y como ahora somos amiguitos…) y estábamos sentados, disfrutando de una partida de ajedrez, cuando, de repente, recibo un mensaje: Mijo, por favor, no dejes de venir...
¿Qué pensé yo?  Habrá pasado algo. Deja ver qué quieren estas prostis, y en cuanto terminamos, salimos para allá, mi grupo de amigos y yo. Íbamos caminando, conversando acerca de lo mal q cantan algunos grupitos de aquí. Y es que estábamos lejos, bien lejos, muyyyyy lejos de casa de A. Al menos para mi gusto. En fin, hicimos todo el camino entre risas, algún que otro tropezón y los refrescos nuevos esos que están vendiendo aquí, los que son importados de casa del carajo. Y llegamos a la casa de la compañera prosti A, donde estaban la prosti Susy, la prosti Silvia y la compañera A, que en ese momento no se llamaba Monique y no andaba cargando con ningún gato. Entonces ésta última bajó de su edificio a saludarme y con una sonrisa de oreja a oreja me preguntó: ¿Sabes que en Haití, los españoles llevaron mangostas para que se comieran a las serpientes, y cuando se comieron -esta frase me encanta- la última serpiente, empezaron a comerse los huevos de los pájaros y debido a eso se empezó a alterar el ecosistema de la zona?
No sé ustedes, pero yo, después de caminar, veintiséis jodidas cuadras del Vedado, que no son para nada cortas, a las dos y media de la mañana, sabiendo que tenía que coger un carro de diez pesos después, para ir para mi Marianao querido, sabiendo que me encontraría con un chofer que, con mala cara, me diría: chama, hasta allá son  veinte pesos a esta hora, y con el calor que hacía, ¿que esa mujer me hiciera ir, desde tan lejos, para hablarme de mangostas, serpientes, pájaros y el ecosistema en Haití? Me dieron ganas de rodearle la casa de todos esos bichos, para que ella supiera de verdad cómo funcionaba el ecosistema haitiano. ¡Qué encabronamiento! ¿Esta palabra se puede decir aquí, A?
Recuerdo también que ese día, vimos a cierto individuo, tratando de brincar una cerca. Qué pensé yo, ¿a esta hora, delante de todo el mundo? Eso no puede ser un robo. ¡No qué va, es por gusto, no puede estar tan quemao como para hacerlo! Pues resulta ser que sí, según me informaron las prostis al otro día, ¡Mira pa eso, tú! Este mundo cada vez está más loco. Y dicho esto, se quedaron reflexionando Pinocho y los demás personajes de los cuentos infantiles… No entiendo cómo no le pudo creer Aladino, a una niña, que su hermano pequeño había sido raptado por el monstruo de la inconciencia. ¿Ustedes lo creerían? Yo no sé. Pero la que sí lo creyó fue la prosti Silvia, que cuando era adolescente, se dedicaba a escribir ese tipo de historias, donde los personajes de nuestra infancia, reflexionaban mucho acerca de otros monstruos y eso no se queda ahí, sino que, para colmo, en uno de sus cuentos, Cenicienta era una zorra, no sabemos por qué, porque luego se aburrió de escribir sobre eso y comenzó a hacer cartas de (des) amor. Pero bueno, esa son las locuras de la prosti Silvia, que también estaba muerta de la risa con la guanajá del ecosistema haitiano.
     En fin, me dijeron q no me extendiera tanto. Que esto era un texto para leer durante una fumada (¡qué mal me cae la fumadera!) Además, no sé qué más poner. Ya lo aclaré. Lo mío son los números, los cálculos y de vez en cuando, la cocina.
     Terminaré con conclusiones muy personales, como suele hacer Monique, la del gato:
- Me he dado cuenta de que Forrest Gump es mi película favorita.
-  De que me encanta el batido de fresa y el pan de Sylvain, con mantequilla de maní
- De que más nunca en la vida, en casa de la prosti Silvia, vuelvo a levantar las manos (porque el ventilador de techo me destroza los dedos), ni tuesto un pan con una espumadera negra (porque termino partiéndola) ni le trato de destupir la ducha (porque está tan buena esa ducha, que se desbarata en las manos)
- De que, gracias a Dios, sigue sin gustarme el reggaetón y menos el “Guachineo” ese.
- De que no sé nada sobre el ecosistema en Cuba.
      
         

Varadero, el rock y la "niña" que debo dentro
Emilia Morales

Por lo que pude leer, veo que estos muchachos se centraron en contar el tenebroso incidente del robo en casa de nuestra querida vecina. Pero yo recordaré esos días que pasamos en Varadero.
Fue un día muy especial para mí. Digo especial, porque estaba con el ser que  más amo,  mi vida y es mi hija, esa que en el blog tiene gatos y se cambió el nombre, y también con otro ser que quiero mucho  y es muy especial también, su sobrina Silvia (que no sé si tiene blog y si también se cambia el nombre).
 Ese día la “niña” Emilia, que hacía un tiempo no salía, pues resucitó, y se lo agradezca a mi hija y a su sobrina , que son dos seres que te van envolviendo hasta caer en la red que ellas tejen. Es que, sin saberlo, te atrapan.
 Volví a montarme en la montaña rusa. ¡Fue un acontecimiento, una experiencia única! En ese momento no canté (porque soy cantante) sino que gritaba, y mis gritos se oían en el Universo. Me desconecté de todo. No había pensamiento en mí  de nada. Creo que es una buena terapia para no pensar y estar concentrada solamente en uno mismo. Después,  me arrastraron hasta los carros locos, y éramos tres locas, que nos chocaban y no salíamos del lugar, principalmente mi hija A, ella que ya tiene licencia de automovilismo y al parecer, que los carros la volvieron loca, porque no salía del lugar. Si hubiesen venido a calificarla, ¡le quitaban la licencia! Después, pasamos a jugar a los bolos. Allí fue ridículo todo lo que hicimos , pero lo logramos, con ayuda de dos chicos (que se compadecieron de nosotras y nos enseñaron cómo hacerlo). Confieso que aprendí algo nuevo. Silvia, sacó la cara por nosotras ,cogiendo el primer lugar , yo  el segundo (no sé cómo) y mi hija que era la que pensábamos  que iba a ganar , quedó en último. A pesar del desánimo de A, la pasamos genial. Pero la “niña” Emilia quería seguir. Y así fue. Esas dos, me enredaron de nuevo y me  llevaron a bailar, en la noche, a “The Beatles”. Desde que llegamos, ellas estaban saltando, digo, mi hija y su sobrina,  pero también las demás personas. Desde el más joven hasta el más viejo no paraban de bailar. Yo, una mujer seria, rescatada, que de inmediato se sentó para cuidar a las niñas,  no me daba cuenta de que la “niña” Emilia quería seguir. Y  de pronto, me puse de pie, y también comencé a brincar, con aquel grupo fantástico de rock (muy buenos músicos y cantantes). ¡No saben cómo liberé las cargas energéticas, que pesaban en mí! Luego vino el regreso a la Habana, pero igual  movido, feliz, enrevesado, como esas dos.
Lo que puedo concluir de esto es que:
Adoro el mar.
No soy tan mala jugando a los bolos.
Y que debo agradecer a mi hija querida y a Silvia. Gracias a ellas, la “niña” Emilia sigue viva.


Que al gato le quiten lo baila’o
Jose R. Pérez

A (o el terromoto azul, como le dicen sus hermanas y su sobrina) llegó a Cuba procedente de Nueva Zelanda, a principios de julio. Disponía de un mes para sus trámites burocráticos, con vistas a ingresar en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en México para hacer su maestría en filosofía. Su cofradía la esperaba ansiosa, compuesta de más de diez lunáticos, todos universitarios y trabajadores, grupo heterogéneo: actrices, cineastas, profesoras, informáticos, estudiantes de periodismo y hasta una niña de once años. Durante un mes su horario de sueño fue de nueve de la mañana a dos de la tarde - si acaso. El resto del tiempo, haciendo honor a la canción de Wil Campa: “que me quiten lo baila’o”. Discotecas, salones de belleza, cines, exposiciones, bares y cantinas, cafeterías, restaurantes, Malecón habanero, y por supuesto, no podía faltar, el mejor balneario del Caribe: Varadero. Partió de Cuba exhausta, el dos de agosto. Tenía casi cuarenta horas sin dormir. Parte de su conciliábulo la despidió en el torreón del lujoso restaurante “1830”, del Vedado habanero. Ya envió un e-mail,  diciendo que había hecho su matrícula en la universidad y que viajaría en diciembre, para seguir las pachangas cubanas. Y de paso, en las noches, conversará con su padre sobre sus contratiempos, sus vueltas por el mundo y de vez en vez, crear ahí, en solo un rato, una de sus historias. Siempre historias loquitas, pero eso está demás decirlo.
Y no hay reflexiones hoy, ¡que ya está colando el café!



Sobre las delicias de ser asistente de un terremoto azul
Silvia Oramas
  
El día se acercaba y yo estaba nerviosa. Es que todo el mundo tiene algo o alguien que lo pervierte en la vida, que saca lo peor (que puede ser lo mejor también, depende de cómo se mire) de uno, que libera al diablo que todos llevamos dentro, un diablo que si hace tun tun es peor. Y el mío estaba a punto de arribar a la Habana. Y es que la última vez que ese ánima estuvo a mi alrededor terminé con más de una marca en mi cuerpo. Pero como al final a todos nos gusta perdernos, y es por eso que nos hemos ganado el calificativo de prostis, allí estaba yo, con una cajetilla de cigarros en la mano y la certeza de que cuando las compuertas se abrieran no habría marcha atrás. Y se abrieron…¡y de qué manera! No voy a hablar de las donuts, que es lo más delicioso que he probado en la vida, ni de la nutella, ni de la poca mantequilla de maní que me dejaron. Ni de Lechón Pío y sus hamburguesas, sus sueros de helado a las tres de la mañana, y sus desayunos. Porque si hablo de ello, entonces todos pensarían “ahí está el pez globo de nuevo, pensando en comida”. Tampoco hablaré sobre la playa que no le gusta a A... Porque a pesar de que lo repitió muchas veces, sé que disfrutaba chapoletear conmigo en las aguas convulsas y ahorita privadas de Varadero. O de la montaña rusa, donde la mamá de A, dejó salir la “niña” que llevaba dentro, ni de los carros locos que A no supo manejar, ni del épico juego de bolos que gané. Ni del viaje en la lanchita, que aunque va para Casablanca, se sigue llamando “Lanchita de regla”, y ya para qué hablar de las mangostas, si ustedes saben qué fue lo que pasó con el ecosistema haitiano, con las serpientes y los huevos de aves. O del novio/ladrón de limones. Y no vale la pena mencionar mis trastornos bipolares de adolescente, que salieron a relucir en la lectura de un diario perdido, ni los avateres que provocó mi cara de niña de quince años en la entrada del” King Bar”. Y no es porque no quiera hablar de ello, es que pensar en este julio letalísimo me entristece un poco. Porque ya todo vuelve a la realidad, que no es tan letalísima. Ya el batido de fresa se acabó, los días de descanso del prosti Ulises, en el Joven Club, también. Forrest Gump ya no es tan divertida y la prosti Susy continúa como profesora de español, sonriendo y aguantándole malos olores a los chinos, que le proporcionan el dinero del Submarino Amarillo. Y yo, yo me quedé sin trabajo. Y vuelvo a la rutina del Facebook rústico, de las noches hablando sola y el diablo vuelve a reprimirse. Solo nos quedarán las fotos y el recuerdo de este mes tan caluroso, sofocante y perdido. Y aprovecho la plataforma para revelar lo que los personajes de Disney reflexionaron aquel día en que Aladino contó su historia:
El oso no se quería suicidar por culpa del ecosistema haitiano, estaba ahogado de tanto humo.  Las rositas de maíz no se pueden hacer en calderos hondo
Si el prosti Ulises no se cuida y no va a un brujero, morirá antes de los treinta, aplastado por una mangosta gigante.
Y yo estoy condenada a amar hasta la eternidad al terremoto azul, que me pervierte y que se empeña en abandonarme siempre.


En fin, gracias por leerles. Y sobre todo, gracias a ellos, por hacerme leer a mí.





 





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