Mi padre, los vicios y las obsesiones






Hace unos días no pude evitar enviarle el siguiente mensaje a mi padre: Pá, son las siete de la noche. Me levanté a las dos de la tarde. En estas cinco horas, he tomado veintisiete tazas de té con leche. Contadas. Y nada, que me declaro hija tuya: viciosa.
Quizás, él se pudo tomar esto como una de las tantas bromas ácidas que le hago, pero esta vez, lo dije totalmente en serio, muy consciente de cada palabra que decía. Para colmo, con la mano casi temblándome, porque necesitaba más té con leche. Todo es su culpa.
En un principio se podría asumir, que es lógico que me guste el té y que me guste el café y que fume y que disfrute enormemente los libros y los cocktails. Es “lógico” porque yo “escribo”, y eso es lo que hacen los “escritores”.
Pero no. Creo que en el único momento en que no necesito nada de eso, es cuando estoy escribiendo. Cuando redacto, lo único que necesito es música. Nada más. Me percaté que eso de tener obsesiones y vicios y cogerlos no con calma,  sino con fuerza, agarrarlos por sus patas de canguro saltarín y gritarle, ¡vicio, obsesión, aquí estoy!, eso viene por él, por mi compañero padre.
 Nosotras somos tres hermanas y una sobrina. Cual de las cuatro, está más consumida y obsesionada con cosas. Pero lo mejor, es que la obsesión depende de la etapa (no de la edad, sino de la etapa, porque en esta familia, nadie está consciente de la edad que tiene). Así, tengo una hermana (la del medio) que es dependiente del café y del cigarro (cigarro fuerte) y ha tenido períodos donde ha sido, lo mismo una viciosa de Brad Pitt (su Bratty, como le solía llamar), que de Omar Khayan, que del pastel Selva Negra. Cuando ha estado en alguno de estos períodos (porque solo he mencionado tres), no se habla de otra cosa, no piensa en otra cosa, necesita de eso el día entero, repetidas veces, hasta que comienza a cansarse y trata de abandonarlo. Obviamente, como vicios al fin, no lo logra. Entonces, lo único que puede hacer es enviciarse con algo más. El remedio es peor que la enfermedad, pues termina consumida entre Bratty, Khayan, la Selva Negra, el café y el cigarro. Entonces, uno que está loco y piensa cosas locas (al menos eso siempre dice mi padre, sobre mí) termina pensando en que si a Omar Khayan le gustaría la Selva Negra, o en que si Bratty le gustaría cocinar a Omar Khayan (ya lo dijo mi padre, no tiene sentido nada de lo que pienso).
Mi hermana mayor, esa proclama ser la más normal, pero está tan loca como su padre y como su hermana del medio. Yo diría que es la peor. No  me atrevo a escribir todo lo que hace, porque sería extremadamente vergonzoso no para ella, que no tiene vergüenza alguna, sino para su hija y los amigos de su hija, que leen esto cada domingo. Solo comentaré que, cuando fumaba, era la que más fumaba, y cuando lo dejó, era la que menos fumaba de todas los no fumadores del mundo. Sin contar que su nuevo vicio – obsesión (el cual se ha mantenido por tres años) son las novelillas coreanas. Más de mil gigas dedicados solo a coleccionarlas, más de cuatro mil horas perdidas en ver y volver a ver sus favoritas. Incluso comenzó a tomar clases (de coreano), en una academia con un profesor (coreano), y no se detuvo hasta que consiguió una foto autografiada por su actor (coreano) favorito, actor de veintiocho años y que es el amor de su vida. Y sin contar tampoco, que organiza fiestas (coreanas), con sus amigas (no coreanas), dedicadas exclusivamente, a ver los fragmentos de sus novelas favoritas. Y por si no fuera poco, ya hasta en Corea (del Sur) la han visto, pues terminó hablando en un programa televisivo (obviamente, coreano), con un t-shirt de su actor, amor de su vida, de veintiocho años. Entonces yo me pregunto, ¿cómo una persona, con cuarenta y tantos años, graduada de física y asesora cultural de una embajada, puede tener este tipo de comportamiento obsesivo, este tipo de vicio compulsivo? La respuesta es: lo heredó de su padre, que también, cuando le da por algo, no se detiene.
Y ni hablar de mi sobrina. Esa, la pobre, no se libró del efecto del abuelo. Yo no voy a escribir cuáles son sus “necesidades vitales”, porque, en serio, no puedo. Ya sería demasiado. Sólo puedo afirmar, que no se escapa…
Yo, bueno, yo tengo esa mezcla interesante de una madre esotérica y un padre con los patrones de comportamiento que ha inculcado a sus hijas. Además, ya bastante que me leen a menudo. Así que de mí, no hace falta ni hablar. Suficiente con el dato del té con leche, que aquí, en Nueva Zelanda, es el sustituto del cigarro.
Y es que todo esto es por culpa de él, pues el primer consumido por todos los malos vicios y para colmo, con tendencia a la obsesión por las cosas más inverosímiles, es nuestro compañero papá. Entre lo mucho en común que compartimos todos, los cinco, está el gusto por la buena comida y por las charlas de sobremesa. Es por eso que en mi familia, por la parte de él (exceptuándome a mí), todos cocinan como dioses, e inventan platillos. Y las reuniones divertidas son siempre reuniones con platos, tan exóticos como salvajes (y digo salvajes por lo salvajemente que comemos). Obviando la trilogía perfecta (cigarros, café cocktails), nos pasó la de la mecedora. Ninguna de nosotras podemos vivir en una casa sin mecedoras, y cuando por cuestiones de la vida, hemos tenido que estar en un lugar donde no hay, eso es motivo de desesperación interna. Y peor es cuando sólo hay una, porque comienzan las discusiones por quién se sienta y quién no. Otra cosa que nos pasó: la insoportable levedad de las discusiones, que son leves, pero constantes. La más tranquila soy yo, la verdad, pero igual todos discutimos con todos. Porque pensamos de manera diferente y además nos gusta llevarnos la contraria. Eso es otro punto: el de llevarse la contraria. Igual nos pasó ese vicio. Sobre todo a mi hermana, la del medio.
También el amor por los libros, y por la lectura, y por escribir lo que sea, novelas, o cuentos, o cartas, o mails. A esta familia le gusta el brete por escrito. Es increíble… y luego me preguntan de dónde saco las ideas para escribir cada domingo. Pues de esa obsesión inculcada, la de escribir y escribir. Escribir boberías. ¡En eso todos somos especialistas!
Otra característica que creo, hemos heredado de él, es la necesidad de sentirnos tristes, pero de manera muy íntima. Todos somos extrovertidos (todavía recuerdo cuando él comenzó a correr detrás de una amiga mía, haciendo como si fuera un pollo y cuando inventaba canciones para mi sobrina y para mí, durante los viajes por carretera). Pero, a pesar de parecer todos muy light, siempre hay algo ahí, bucólico, decimonónico en él y en nosotras, que hace que, aunque lo deseemos mucho, se nos tuerza la mitad de la boca. Es la necesidad de sufrir un poquito con o sin necesidad, digo yo… Y el peor de todos los vicios, es el de no dormir por las noches. Esa herencia que a mí, por lo menos, me ha tenido viviendo al revés, durante más de diez años y no hay pastilla ni  tila que me alivie.
Un vicio que ninguna de sus hijas comparte, es el de la política. Pero, al final, mi padre tiene genes tan fuertes, que su nieta, sí lo heredó ¡y por partida triple: por sus dos abuelos y por su progenitor! Entonces, con ella, suple la necesidad de esas conversaciones que a nosotras tres nos da exactamente igual: sólo abrimos la boca para “enaltecer” los “logros” de nuestra “hermosa” ¿¿Revolución??
Y nada, que mi compañero papito es una persona muy peculiar. Y que hoy es el día de los padres. Y que si no le dedicaba el post, a él, mi más admirado profesor, es capaz de declararme la guerra. Además tengo que reconocer que para mí, este día, era muy especial, ni tanto por él, sino porque sabía de la cena deliciosa que me esperaba. Cena que se convertía en desayuno y almuerzo del próximo día.
Este año, estamos un poco dispersos todos y por lo menos mi cena no estará tan deliciosa (fue una sopa instantánea). No obstante, por esos misterios de la literatura, escribiendo el post, he llegado casi a sentir el sabor de la crema de calabaza, y del pie de limón, y de la ensalada con toque agridulce, y de la carne exquisitamente asada. Siento también la botella descorchada del vinito chileno, y a nosotros cinco: a mis hermanas discutiendo, a él, sirviéndose más café y a mi sobrina gritando porque él se servía más café. Luego el cigarrito en su casa, en la puerta continua, a las diez, a las doce, a las tres y a las cuatro de la mañana. Hasta que por fuerza, me iba a dormir. A intentar dormir. A tratar de escapar de los obsesiones decimonónicas. Pero no hay manera de librarnos. Bendita mi herencia, mis vicios, mis trastornos…
Padre, aquí tienes tu post.

En fin, gracias por leerme.

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4 Responses to Mi padre, los vicios y las obsesiones

  1. Anónimo says:

    Gato de Monique, tienes una mente muy rara...

  2. Anónimo says:

    Me fascina tu lectura. Es bueno despertar el domingo con la seguridad de que voy a leer algo nuevo, algo que en la mente de otros es imposible recrear

  3. Diana says:

    Me estremece tu manera de escribir, tus instintos para desconcertar y no complacer, para crear arte sin importarte la academia ni las ventas, eres imprescindible en estos tiempos.

  4. Deliciosa lectura de una crónica familiar. Tremendo vacilon.

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