Archive for junio 2015

Goodbye Nueva Zelanda - Parte I




Les cuento. Esta foto que he puesto aquí, es un anuncio promocional de móviles. Obviamente, al verlo, quedé un poco trastornada, pues la verdad, no entendía mucho el vínculo. Según me enteré hace un rato (porque todo esto ocurrió hoy), la historia es la siguiente: Ese señor granjero se encontró a ese lindo puerquito.  Como no sabía de quién era, lo llevó a su casa, mientras iba, granja por granja, preguntando de quién era. En esa búsqueda, pasó un tiempo y la relación con el animal se hizo muy íntima. Cenaba con el puerquito, dormía con el puerquito, veía la tele con el puerquito (si se hizo algo más con el puerquito, eso no me lo contaron). Un día, encontró al dueño. Éste (el granjero dueño) realmente no quería al puerquito como aquel que lo había encontrado. Entonces éste, el granjero no - dueño, decide no devolverlo y deja al propietario, una caja vacía.
Fin.
Y bueno, la relación con los teléfonos móviles es el problema de La Conexión. El granjero se quedó conectado con el puerquito, y la línea de teléfono exhorta a cada granjero guajiro letal letalísimo, a que, de igual manera, se quede conectado, con un móvil. Una metáfora, un chiste, tremendo pujo – como dirían en Cuba – pero al final, yo me reí como tonta, porque yo soy una metafórica – chistosa – pujosa. ¡Jaja! Y ven, no puedo evitar reírme de nuevo.
Lo curioso es que todo esto, lo entiende aquel que vio cierto anuncio publicitario. El resto, no comprende ni la ostia frita de Jesús. Yo opino que a los granjeros, que dedican sus neuronas a pensar cómo hacer crecer las plantas o cómo hacer engordar al ganado (aquí, las ovejas), trabajo arduo, no se les dé muy bien, el entender las metáforas y los chistes de este tipo. Así que yo, granjera, creo que si veo esa imagen, lo que me daría deseos es de comprarme un puerco y no de comprarme un móvil. Pero bueno, esa soy yo, que si fuera granjera, solo supiera de cosas “granjerosas” y no de cosas “metaforosas”.
Otro cuento:
En el primer piso del Meridian Mall, como suele ocurrir en todos, hay una serie de locales fast food, que se dividen por país. Normalmente, suelo ir al japonés o al hindú, pero como todos están muy juntos, siempre los tengo en mi ángulo visual. Obviamente, cada sitio, tiene como dependiente, a un nativo de ese país. Así, el tailandés tiene a su chica tostada y con el cabello castaño oscuro, el chino, a su enanito con rayas en los ojos, el japonés, a un tío ahí, mal humorado, el hindú, a un indito que siempre que conversamos, no logro evitar imaginarlo bailando como Hitithik Roshan, en Main Krishna hoon. Y así, hasta llegar al mexicano. Entonces, por esa necesidad que tengo de hablar español en voz alta, me decidí a decir hola al mexicano, que con su gran bigote mexicano, preparaba los tacos mexicanos. Y fui para allá, toda sonriente. Él me miró un poco serio, la verdad. Entonces dije: ¡hola, que tal! Silencio. Pensé, a este no le gusta interactuar. Me puse seria y le pedí algo. Silencio. Lo miré, me miró, lo volví a mirar. Entonces, le dije: qué mal lo que dijo Donald Trump, en su campaña electoral. Silencio nuevamente. Ya me tenía un poco acomplejada, hasta que me habla en inglés. Y, ¡vaya sorpresa! El prototípico mexicano que tenía delante, con su bigote, con su piel tostadita, el mexicano drogadicto y violador, parafraseando al mismísimo Trump, ¡no era mexicano! Era un hindú que habían disfrazado como a uno. No sé por qué pensé de nuevo en Donald Trump y en los estereotipos, y en aquel hindú, con una identidad, a estas alturas, un poco confusa. Pero luego, cuando me dio el taco, dejé de reflexionar y asumí todo aquello como que él vivía en una eterna fiesta de disfraces. Divertido, tal vez. Y me comí el taco…
Mi tercer cuento:
 Sábado veinte de junio. Inicio del Midwinter Carnival, aquí, en Dunedin. Llevábamos esperando, como locos,  ese día. El video promocional era fantástico. Esto es una ciudad sacada de una historia de hadas (que luego de las cinco de la tarde, se convierte en una mezcla de video de Cocorosie y película de terror) y seguramente sería mágico. Bello, emotivo, desquiciantemente alegre. En esta ciudad no pasa nada, así que esperaba que ese día, fuera diferente. Pero los giros drásticos, solo ocurren en la ficción. Yo, acostumbrada a carnavales más bulliciosos, de repente, me chocó encontrar aquello. El desfile comenzaba con una marcha fúnebre. ¡Qué alegría! Sin contar que, los músicos, el más joven tenía alrededor de setenta y cinco años. Yo, la verdad, nunca había visto tantos ancianos juntos, en este lugar donde, literalmente, NO HAY VIEJOS. Aquí, la edad promedio, es de treinta años máximo. Pero esa noche, al parecer, decidieron sacar a pasear a los abuelitos, que con el frío que había, a los pobres, parecía que les iba a dar una embolia. Y nada, el Midwinter Carnival, en Dunedin, se abría, triunfal, con una excelente marcha fúnebre. No obstante, como yo soy una chica muy buena (y por eso es que Dios me regalará una bicicleta), aplaudí con todas mis fuerzas. Yo aplaudí. Yo. Solo yo. Yo y la soledad. Nadie más lo hizo, ¡Ni un gritico! ¡Nada! Lo mismo con los que siguieron, un grupo de maoríes caminando muy cansados y gordos, con un lindo letrero de Aoteaora. Y lo mismo, con la parte del desfile, donde unos niños malcriadísimos, caminaban, aguantando un farolito de papel, con sus padres a cada lado. Y tampoco, cuando una chica aficionada (espero que haya sido aficionada) bailaba (no como Hitithik Roshan, la verdad) y quiso hacer una voltereta. Como el piso andaba húmedo por el granizo, se cayó despampanantemente y luego se levantó y quiso dar otra voltereta, y volvió a caer. Ya, en ese punto, yo aplaudía con menos fuerza,  más porque tenía las manos congeladas, que por otra cosa. Luego, hubo una conguita (yo no sé cómo se le llama aquí a una conguita, pero eso era una conguita, similar a las de Regla) y nadie bailó. Yo me moví un poquito, pero la conguita duró poco, pues el desfile continuó. O más bien comenzó de nuevo. Porque, de repente, ¡los viejitos de la marcha fúnebre! Me perdí, en serio, me perdí. Y más cuando comenzaron a estallar fuegos artificiales. Y todo eso, bajo el más absoluto mutis, por parte de los espectadores. Que ya les digo, este escenario, para performance de Marina Abramovic, ¡no tiene precio! Al final, asumí que la gente no aplaudía por el frío. Y regresamos a casa, mi esposo y yo, aplaudiéndonos a nosotros mismos y nuestro carnaval privado. Por el camino me detuve a tomar un café, en el único lugar de esta ciudad, donde cuesta menos de cinco dólares. Esto no viene al caso, pero es que estaba delicioso. Era un capuchino, que con cero grados, sienta muy bien.
Ahora ando escuchando Soda Stereo. Llevo una hora repitiendo la misma canción: “Persiana americana”. Debe ser porque dentro de poco me largo de aquí, rumbo a América, calurosa ahora, me imagino.
Y nada, que con los tres cuentos, se me fue el tiempo y no me alcanzó para despedirme correctamente, de Dunedin, donde he vivido durante este año. Quizás, este post, podría ser una especie de despedida, a mi forma metafórica – chistosa - pujosa, con puerquito incluido (¡jaja! Ya he vuelto a reír). 
De cualquier forma, me queda un domingo para ser más formal y despedirme como es debido de este, mi querido fin del mundo.  Goodbye Nueva Zelanda: mi despedida número uno.

En fin, gracias por leerme.

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Mi padre, los vicios y las obsesiones






Hace unos días no pude evitar enviarle el siguiente mensaje a mi padre: Pá, son las siete de la noche. Me levanté a las dos de la tarde. En estas cinco horas, he tomado veintisiete tazas de té con leche. Contadas. Y nada, que me declaro hija tuya: viciosa.
Quizás, él se pudo tomar esto como una de las tantas bromas ácidas que le hago, pero esta vez, lo dije totalmente en serio, muy consciente de cada palabra que decía. Para colmo, con la mano casi temblándome, porque necesitaba más té con leche. Todo es su culpa.
En un principio se podría asumir, que es lógico que me guste el té y que me guste el café y que fume y que disfrute enormemente los libros y los cocktails. Es “lógico” porque yo “escribo”, y eso es lo que hacen los “escritores”.
Pero no. Creo que en el único momento en que no necesito nada de eso, es cuando estoy escribiendo. Cuando redacto, lo único que necesito es música. Nada más. Me percaté que eso de tener obsesiones y vicios y cogerlos no con calma,  sino con fuerza, agarrarlos por sus patas de canguro saltarín y gritarle, ¡vicio, obsesión, aquí estoy!, eso viene por él, por mi compañero padre.
 Nosotras somos tres hermanas y una sobrina. Cual de las cuatro, está más consumida y obsesionada con cosas. Pero lo mejor, es que la obsesión depende de la etapa (no de la edad, sino de la etapa, porque en esta familia, nadie está consciente de la edad que tiene). Así, tengo una hermana (la del medio) que es dependiente del café y del cigarro (cigarro fuerte) y ha tenido períodos donde ha sido, lo mismo una viciosa de Brad Pitt (su Bratty, como le solía llamar), que de Omar Khayan, que del pastel Selva Negra. Cuando ha estado en alguno de estos períodos (porque solo he mencionado tres), no se habla de otra cosa, no piensa en otra cosa, necesita de eso el día entero, repetidas veces, hasta que comienza a cansarse y trata de abandonarlo. Obviamente, como vicios al fin, no lo logra. Entonces, lo único que puede hacer es enviciarse con algo más. El remedio es peor que la enfermedad, pues termina consumida entre Bratty, Khayan, la Selva Negra, el café y el cigarro. Entonces, uno que está loco y piensa cosas locas (al menos eso siempre dice mi padre, sobre mí) termina pensando en que si a Omar Khayan le gustaría la Selva Negra, o en que si Bratty le gustaría cocinar a Omar Khayan (ya lo dijo mi padre, no tiene sentido nada de lo que pienso).
Mi hermana mayor, esa proclama ser la más normal, pero está tan loca como su padre y como su hermana del medio. Yo diría que es la peor. No  me atrevo a escribir todo lo que hace, porque sería extremadamente vergonzoso no para ella, que no tiene vergüenza alguna, sino para su hija y los amigos de su hija, que leen esto cada domingo. Solo comentaré que, cuando fumaba, era la que más fumaba, y cuando lo dejó, era la que menos fumaba de todas los no fumadores del mundo. Sin contar que su nuevo vicio – obsesión (el cual se ha mantenido por tres años) son las novelillas coreanas. Más de mil gigas dedicados solo a coleccionarlas, más de cuatro mil horas perdidas en ver y volver a ver sus favoritas. Incluso comenzó a tomar clases (de coreano), en una academia con un profesor (coreano), y no se detuvo hasta que consiguió una foto autografiada por su actor (coreano) favorito, actor de veintiocho años y que es el amor de su vida. Y sin contar tampoco, que organiza fiestas (coreanas), con sus amigas (no coreanas), dedicadas exclusivamente, a ver los fragmentos de sus novelas favoritas. Y por si no fuera poco, ya hasta en Corea (del Sur) la han visto, pues terminó hablando en un programa televisivo (obviamente, coreano), con un t-shirt de su actor, amor de su vida, de veintiocho años. Entonces yo me pregunto, ¿cómo una persona, con cuarenta y tantos años, graduada de física y asesora cultural de una embajada, puede tener este tipo de comportamiento obsesivo, este tipo de vicio compulsivo? La respuesta es: lo heredó de su padre, que también, cuando le da por algo, no se detiene.
Y ni hablar de mi sobrina. Esa, la pobre, no se libró del efecto del abuelo. Yo no voy a escribir cuáles son sus “necesidades vitales”, porque, en serio, no puedo. Ya sería demasiado. Sólo puedo afirmar, que no se escapa…
Yo, bueno, yo tengo esa mezcla interesante de una madre esotérica y un padre con los patrones de comportamiento que ha inculcado a sus hijas. Además, ya bastante que me leen a menudo. Así que de mí, no hace falta ni hablar. Suficiente con el dato del té con leche, que aquí, en Nueva Zelanda, es el sustituto del cigarro.
Y es que todo esto es por culpa de él, pues el primer consumido por todos los malos vicios y para colmo, con tendencia a la obsesión por las cosas más inverosímiles, es nuestro compañero papá. Entre lo mucho en común que compartimos todos, los cinco, está el gusto por la buena comida y por las charlas de sobremesa. Es por eso que en mi familia, por la parte de él (exceptuándome a mí), todos cocinan como dioses, e inventan platillos. Y las reuniones divertidas son siempre reuniones con platos, tan exóticos como salvajes (y digo salvajes por lo salvajemente que comemos). Obviando la trilogía perfecta (cigarros, café cocktails), nos pasó la de la mecedora. Ninguna de nosotras podemos vivir en una casa sin mecedoras, y cuando por cuestiones de la vida, hemos tenido que estar en un lugar donde no hay, eso es motivo de desesperación interna. Y peor es cuando sólo hay una, porque comienzan las discusiones por quién se sienta y quién no. Otra cosa que nos pasó: la insoportable levedad de las discusiones, que son leves, pero constantes. La más tranquila soy yo, la verdad, pero igual todos discutimos con todos. Porque pensamos de manera diferente y además nos gusta llevarnos la contraria. Eso es otro punto: el de llevarse la contraria. Igual nos pasó ese vicio. Sobre todo a mi hermana, la del medio.
También el amor por los libros, y por la lectura, y por escribir lo que sea, novelas, o cuentos, o cartas, o mails. A esta familia le gusta el brete por escrito. Es increíble… y luego me preguntan de dónde saco las ideas para escribir cada domingo. Pues de esa obsesión inculcada, la de escribir y escribir. Escribir boberías. ¡En eso todos somos especialistas!
Otra característica que creo, hemos heredado de él, es la necesidad de sentirnos tristes, pero de manera muy íntima. Todos somos extrovertidos (todavía recuerdo cuando él comenzó a correr detrás de una amiga mía, haciendo como si fuera un pollo y cuando inventaba canciones para mi sobrina y para mí, durante los viajes por carretera). Pero, a pesar de parecer todos muy light, siempre hay algo ahí, bucólico, decimonónico en él y en nosotras, que hace que, aunque lo deseemos mucho, se nos tuerza la mitad de la boca. Es la necesidad de sufrir un poquito con o sin necesidad, digo yo… Y el peor de todos los vicios, es el de no dormir por las noches. Esa herencia que a mí, por lo menos, me ha tenido viviendo al revés, durante más de diez años y no hay pastilla ni  tila que me alivie.
Un vicio que ninguna de sus hijas comparte, es el de la política. Pero, al final, mi padre tiene genes tan fuertes, que su nieta, sí lo heredó ¡y por partida triple: por sus dos abuelos y por su progenitor! Entonces, con ella, suple la necesidad de esas conversaciones que a nosotras tres nos da exactamente igual: sólo abrimos la boca para “enaltecer” los “logros” de nuestra “hermosa” ¿¿Revolución??
Y nada, que mi compañero papito es una persona muy peculiar. Y que hoy es el día de los padres. Y que si no le dedicaba el post, a él, mi más admirado profesor, es capaz de declararme la guerra. Además tengo que reconocer que para mí, este día, era muy especial, ni tanto por él, sino porque sabía de la cena deliciosa que me esperaba. Cena que se convertía en desayuno y almuerzo del próximo día.
Este año, estamos un poco dispersos todos y por lo menos mi cena no estará tan deliciosa (fue una sopa instantánea). No obstante, por esos misterios de la literatura, escribiendo el post, he llegado casi a sentir el sabor de la crema de calabaza, y del pie de limón, y de la ensalada con toque agridulce, y de la carne exquisitamente asada. Siento también la botella descorchada del vinito chileno, y a nosotros cinco: a mis hermanas discutiendo, a él, sirviéndose más café y a mi sobrina gritando porque él se servía más café. Luego el cigarrito en su casa, en la puerta continua, a las diez, a las doce, a las tres y a las cuatro de la mañana. Hasta que por fuerza, me iba a dormir. A intentar dormir. A tratar de escapar de los obsesiones decimonónicas. Pero no hay manera de librarnos. Bendita mi herencia, mis vicios, mis trastornos…
Padre, aquí tienes tu post.

En fin, gracias por leerme.

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