Mi querido amigo cubano carioca: ya te cuento por qué afirmé ante Dios haber matado a alguien


  Ante Dios uno no miente. O por lo menos yo no miento. Cuando más me justifico. Pero mentir, jamás. Entonces la semana pasada, cuando repasábamos los Diez Mandamientos confesé.
Luego mi amiguito mitad cubano, mitad carioca me hiciste saber que matar a un mosquito no se traduce en asesinato. Quizás tengas  razón… aunque no sé… hay que ver qué diría mi amiguito vegano en torno al tema. Responde tú, amigo amante de los animales y no de las lechugas, ¿acaso matar a un mosquito puede ser tomado como asesinato?
Para contar un asesinato necesito escuchar Du riechst so gut. Supongo que es porque cuando uno mata debe tener a su alrededor: 1- alguien hablando alemán. 2- un caballo. 3- un baile típico de la corte. 4- un lobo. 5- una máscara. Y esta canción tiene: 1- a alguien hablando alemán. 2- un caballo. 3- un baile  típico de la corte. 4- un lobo y 5- máscaras.
O por lo menos cuando yo asesino a alguien (sea o no un mosquito), necesito esos elementos. El alemán porque te muerde el corazón. El caballo porque hace falta huir sobre cuatro patas coordinadas. El baile típico de la corte, porque matar es danzar. Un lobo porque los lobos siempre mienten. Y máscaras, porque impiden que puedas respirar con tranquilidad. Y el asesinato es compatible con la falta de aire.
No recuerdo muy bien la razón por la cual maté. Pero a veces esas cuestiones son las menos relevantes. Cuando uno mata lo hace como si se comiera una olla entera de caldo de pollo. Por pura hambre, puro deseo. Pura necesidad. Y yo siempre he tenido la necesidad de comer caldo de pollo. Y de matar.
Entonces lo traje a mi casa. Le brindé almuerzo. Comimos. Luego le brindé un trago de ron cubano. Y otro y otro. Él se zafó un poco el cinturón y se acomodó en el sofá. Yo fumé un cigarro. Él no. Se dedicaba a sacarse la comida de entre los dientes con un palillo. Luego platicamos. Me dijo que le dolía la cabeza. Le dije que el dolor de cabeza era sinónimo de querer desaparecer. Me dijo que él quería desaparear. Le dije que podía ayudarlo con eso. Entonces fui a la cocina, agarré un martillo, agarré un clavo, me dijo que no no, eso no,  pero igual se lo clavé entre los ojos. Del primer golpe no penetró completo, pero al segundo, el clavo quedó completamente dentro. Silencio, hubo silencio. El caballo, mi compañero, no relinchó ni una vez. Ya muerto pensé en darle una utilidad. Así que  escribí en su frente el nombre de alguien a quien también quiero matar pero que no he tenido la oportunidad. Puse en el ordenador una foto de esa persona. Busqué más clavos y me encomendé a los dioses para hacer mi brujería. Clavé los clavos en cada una de las partes donde quería hacerle daño a esa otra persona que aún anda por ahí en las calles e invoqué con todas mis fuerzas que todo el dolor que no podía provocarle a ese cuerpo ya muerto, se le traspasara a él. Cuando me cansé de clavarlo llamé a mi amiguita mexicana y le pedí que me ayudara a mover a aquella mole de carne y clavos. Mi amiguita mexicana me apoya siempre. Ella estudia la risa. Ella estudia la muerte, así que puede comprender lo que significa matar. Entre las dos cargamos el cuerpo y lo tiramos debajo del calentador de agua, que está en un pequeño patio que tengo en el depa. Como nadie viene a visitarme. Y como a nadie le interesa ir a una casa a apreciar lo bellos que son los calentadores, el cuerpo se quedó ahí, hasta que comenzó a oler feo. Como no me gustan los malos olores, volví a llamar a mi amiguita mexicana, metimos el cuerpo en bolsas negras (típico). Luego le pusimos nylon para envolver. Llamamos un uber, lo metimos en la cajuela. Fuimos por allí, cerca del Atoyac. Y ahí lo dejamos. Como esto ocurrió en México ni el taxista preguntó, ni la pareja que iba cerca del río preguntó. Ni siquiera se inmutó la chica que tomaba fotos al río con el objetivo de hacer un documental sobre los cuerpos lanzados al río.
Y nada, que regresamos a casa en otro uber. Me cercioré que hubiese cerrado el viaje. Vi que costó setenta y dos pesos. Subimos a casa. Nos preparamos un café. Y fumamos.
Y eso fue todo, amiguito cubano carioca. No hubo mucho sobresalto, la verdad.
Creo que Dios no se afectó por este hecho porque Dios sabe que hay personas que deben vivir. Que hay personas que deben sufrir. Y que hay otras que simplemente son el vehículo para lograr un fin. En este caso, a quien maté fue útil para que otro que sí merece sufrir, pues por lo menos sintiese dolor. Esas personas que nos son útiles como medio para obtener otra cosa, deberían ser más aprovechadas. Yo veo que hay muchas por ahí, sin brindar el servicio para lo que fueron creadas. Entonces te exhorto a que las busques. Te exhorto a que contribuyas a que finalmente puedan cumplir su objetivo en la tierra.
Tú tranquilo. No te pasará nada hagas lo que hagas. Siempre y cuando tengas un caballo en el que te puedas subir, un lobo que te enseñe a mentir y blog donde poder contar lo que quieras sin responsabilizarte de nada. Mientras tengas esas cosas todo estará bien. Además, Dios estará contigo.

En fin, gracias por leerme.  

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La visita de Dios y la repetición de los diez mandamientos con la falda subida

 


Que le crezca el cabello a una es cosa seria, la verdad. Hace que entres en una especie de letargo, provocado por la caída del pelo en la nuca. Como pesa (porque el pelo pesa y si no me creen, pregúntenle a una caballo por su cola), nuestro cuello debe hacer un esfuerzo doble por mantenerse erguido. A eso se suma el esfuerzo de tenerlo que inclinar (el cuello) unos centímetros hacia adelante, en caso de que escribas (caso mío mío miísimo). Y a eso le sumamos además que mi cuello es largo, largo como el de un cisne maravilloso. Así que la flexibilidad de mi cuello hace que se doble con más facilidad. Y hace que el esfuerzo por el sujetar el cabello sea peor. Y hace que me pese hasta el cerebro. Y como me pesa el cerebro, y como me pesa la cabeza, y como mi melena azabache me fuerza a mirar sólo las nubes, pues entonces no he podido escribir.

  Este fue el argumento que le di a Dios el sábado, cuando se apareció aquí, en mi departamento de tres piezas y me encontró tirada en la sala, sin siquiera un cigarro que fumar y con taquicardias.

  Obviamente no entendió nada de lo que le dije. O más bien no quiso creer nada. Me dijo que ese argumento hubiese sido válido para Cristo, mas no para él. - Cristo es la estrella rock, yo soy pop. Recuerda. Y ya en el mundo pop no se piensa en el cabello largo.

  Desgraciadamente tuve que aceptar que su argumento era válido. Tanto tiempo sin conversar con Dios, tantos centímetros de cabello extra, hicieron que olvidara cómo es el negocio con el dueño de todo aquí. No obstante defendí mi punto hasta el final, porque yo soy un gato, yo tengo la lengua cansada de lamer mas el capricho y el mal humor están siempre bien activos en mis uñas.

  Entonces yo le dije: Mira Dios, ¿sabes qué? Podría haber solucionado mi problema de cabello, cortándolo y ya. Pero no puedo. Porque he decidido cambiar algo. Hace años que no cambio nada. O sí, he cambiado demasiadas cosas mas no cosas físicas. Y a mí me preocupa mucho el físico… tú sabes… eso  de nice y estúpida requiere cambios también. Refrescar la imagen de la estupidez; renovarse. ¿Y qué mejor que el cabello largo?

  Mira Monique – me dijo – es cierto que el cabello largo es sinónimo de estupidez. Sólo analicemos a Cristo y podremos comprobarlo. Y quizás tengas razón. Quizás sea por el esfuerzo que se debe hacer para aguantar los pelos. Supongo que lo vuelve a uno menos ágil en esa zona. No sé, hay que preguntarle al caballo que mencionaste al inicio. Aun así, como soy Dios y supuestamente quiero a todos por igual, es necesario que te repita los Diez Mandamientos, pues es la única forma que se me ocurre ahora para que entres en razón nuevamente con respecto a escribir. Y no te repetiré esa cosa libre que hizo Kieslowski (y por lo cual lo maté en el ’96), sino aquellos que te hacen una persona mejor y que sobre todo te recuerdan cómo se tiene que vivir en este mundo.

  Después de hablarme en ese tono bien déspota (pero bueno… es Dios… es pop), me hizo arrodillarme en el suelo, con la falda subida y un cuchillo atravesado en el estómago.

-          Dime amiga querida, ¿me amarás sobre todas las cosas?

-          Sí. Siempre lo he hecho.

-          ¿Tomarás mi nombre en vano?

-          No. Porque nada en mí es en vano. Y nada en ti lo es. Así que un hay forma de que ocurra eso.

-          ¿Santificarás las fiestas?

-          No hago fiestas.

-          ¿En caso de hacerlas?

-          Sí, la santifico.

-          ¿Honrarás a tu padre y a tu madre?

-          Sí.

-          ¿No matarás?

-          Ya he matado.

-          Ok, pero ¿lo volverás a hacer?

-          No.

-          ¿No cometerás actos impuros?

-          La impureza es sinónimo de felicidad. Y yo no soy feliz. Así que no.

-          ¿Robarás?

-          Sólo en el súper.

-          ¿No dirás falsos testimonios ni mentirás?

-          No no. Ya terminemos.

-          ¿No consentirás pensamientos ni deseos impuros?

-          Ay no no. Lo juro, no.

-          ¿No codiciarás los bienes ajenos?

-          No. Ya. Fin.

  Luego del aburrido ciclo de preguntas y respuestas, retiró el cuchillo de mi estómago, me bajó la falda, y dejó que me levantara.

-          Cumple con estas cosas. Soluciona el problema de tu cabello y no dejes más de escribir los domingos.

  Le dije que sí, que sí, que ok. Me pidió un vaso con agua. Le tuve que decir que no tenía agua purificada. Recogió un poco del grifo, la purificó y se la tomó. De paso me dejó una jarra llena para mí. Se fue.

  Entonces me quedé sola de nuevo con un dolor en el pecho que casi me desmayo. Porque no me gusta discutir con Dios. Porque aborrezco que me someta de la misma forma aburrida en que somete el Papa Francisco a sus feligreses. Pero qué le voy a hacer. Es Dios y como toda estrella pop, a veces tiene sus malos días. Igual no quiero que me entierre de nuevo un cuchillo en el estómago. Lo de la falda arriba no me molesta. Pero lo del cuchillo, atravesándome ahí, lo del cuchillo me hace sentir una culpa horrible, una desconfianza crónica, deseos de doblarme y desaparecer en ese hueco. Y ese tipo de sentimientos no van con el cabello largo. No, definitivamente no van con el cabello largo.

  Y de esa forma discutí con Dios.

  Y de esa forma me compuse y escribí de nuevo, hoy domingo.
 
 Y ya, nada más.

 En fin, gracias por leerme.

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La mueca


 La mueca a causa del dolor en la espalda que me despierta. La mueca porque el dragón que habita en mi barriga despertó y rugió. La mueca porque algo me incomoda y no sé qué es. La mueca porque fumo un cigarro con el estómago vacío. La mueca por tener que preparar el desayuno. La mueca por no prepararlo. La mueca por el dolor en la parte derecha del pecho. La mueca porque fumo  otro cigarro con el estómago vacío. La mueca por detenerme a pensar en qué pasaría si dentro de mi jarrón lleno de agua y flores, vivera un pez y que eso sería una forma económica de tener peces sin peceras. La mueca porque extraño tener cerca mis libros de Lezama. La mueca porque tengo hambre. La mueca porque pienso en todas las cosas buenas de la vida. La mueca porque me doy cuenta que no hay nada bueno, al menos para mí. La mueca de la decepción. La mueca ante la desconfianza. La mueca ante los engaños. La mueca porque ya es tarde y aún no desayuno. La mueca porque no entra suficiente luz. La mueca porque las cañerías huelen feo. La mueca porque Perri, el perro de abajo, ladra mucho. La mueca porque me asfixio en mi casa. La mueca porque vuelvo a fumar. La mueca porque me entero de situaciones desagradables. Y la mueca porque tienen que ver conmigo. La mueca por tener que untarme crema antiarrugas y protector solar. La mueca a causa de tener que vestirme tapada. La mueca porque mi abrigo no va con mis zaparos. La mueca porque debo salir a comer. La mueca al concientizar que no cocinaré. La mueca por no encontrar la llave. La mueca por el ruido que hace la puerta al cerrarse.

Entonces…

Me pongo las gafas de sol y con cara de diva afectada, bajo las escaleras. Me voy a un Italian Coffee. Pido un panino de algo que no sea vegetariano. Y un café frappé de menta con chocolate, crema y pana. La mueca porque al pan le falta pesto. La mueca porque el frappé hace que mi café no sepa fuerte. La mueca porque abro mi libro y me doy cuenta que dejé mis lentes. La mueca porque sólo me gusta leer en casa.  La mueca por el sol, que está demasiado fuerte. La mueca porque pagué demasiado por muy poco.

Entonces…

Me levanto. Me pongo las gafas y con la postura de diva afectada, me marcho. ¡Adiós idiotas! – digo a todos, aunque no me escuchen.

Entonces…

Encuentro ahí, en la esquina a un payaso. El payaso me pide una moneda y me hace un chiste. Le digo que es muy malo. Pero que le doy una moneda si se va  a mi casa y allí, me hace algunas payasadas. El payaso accede. Vamos a mi casa. Le ofrezco un poco de agua, que es lo único que tengo. El payaso me dice que no toma agua porque se le queman los cables. Yo le digo que no tengo más nada que darle. Me dice que si quiere que me haga payasadas debo depositar la moneda en el agujero en su espalda. Le meto la maldita moneda. Y entonces estuvo haciéndome payasadas durante tres horas y cuarenta minutos, que se acabó el valor de mi moneda. Yo lo escuchaba, sentada en mi sillón, con mis gafas y mi rostro de diva afectada. Hizo maromas con un globo y con un perro que le faltaba una pata. Me contó unos chistes intrascendentes. Le dije que hiciera chistes de filósofos. No sabía. Pero sacó una cotorra que cantaba como Madonna. Igual mi mueca continuó. Luego me regaló una flor, como todos los payasos; intentó que confiara en él, como todos los payasos. Y me regló una sonrisa falsa, como todos los payasos.

Me quedo sola de nuevo. La mueca por estar sola. La mueca porque extraño. La mueca porque,  ahora que lo pienso, el perro cojo sí estuvo chistoso. Entonces río recordando al perro. Y en ese momento en que río como loca pensando en qué pasaría si el perro cojo viviera con el pez, dentro de mi jarrón con flores, riendo entonces como loca, llegan los demás. ¡Y están tan felices de verme siempre  feliz! ¡Y están tan felices de ver que la positividad inunda mi ser! ¡Y están tan felices porque siempre me ven sonriendo! ¡Y están tan files, tan, simplemente felices!
En fin, gracias por leerme.

 

 

 

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Si la mitad del cuerpo tuviese una temperatura diferente a la otra mitad. O sobre la pluriexistencia



 He pasado estos días con el cuerpo dividido en dos. Tengo que meter mi pie izquierdo dentro de una cubeta con agua fría, sal y vinagre. Hecho insignificante el que me ha acaecido durante la semana que corrió. También he visto muchos videos de youtubers. Youtubesrs en Australia. Youtubers en México. Youtubers en España. Youtubers en Estados Unidos. Como soy un ente pensante y muy profunda no pude evitar reflexionar sobre una curiosa relación entre ambos hechos. De repente pensé que, quizás, quién sabe, podría hacer un video explicándole al mundo lo interesante que es tener diferentes temperaturas corporales al mismo tiempo. Es decir, si puedo ver un video de una chica radicada en Australia, narrando cómo es su vida de vampira, ¿por qué razón no podría yo hablar de esta experiencia corporal que he tenido? Cuando meto mi pie en la cubeta de agua fría, siento que toda la parte izquierda se me congela. Y el frío se hace aún peor cuando, con la parte derecha de mi cuerpo sostengo una taza de café bien caliente. Podría decirse que de un lado soy una rana y del otro un unicornio (porque los unicornios son bien cálidos, la verdad). Entonces me dije a mí misma, ¡oh, oh, qué hecho más maravilloso el ser dos cosas al mismo tiempo! Acto seguido me di cuenta que, como filósofa al fin, necesitaba sustentar teoréticamente mi doble personalidad, basado en mi temperatura corporal. Entonces recordé a Berkeley, ese señor obispo, empirista y británico. Él decía que “existir significaba ser percibido”.

 Explico.

 Yo existo porque la otra persona me percibe, me siente, me puede mirar, tocar, oler,  etc. Y la otra persona existe porque yo la puedo sentir. De otra manera, no es válida la existencia. Esto es algo bien cuestionable porque, pensemos en una persona en estado vegetativo, que (supuestamente) no siente. Yo podría percibir a esa persona, frente a mí, llena de tubos, tendida en una cama. Por lo tanto, esa persona existiría. Mas, esa persona no podría percibirme a mí. ¿Eso significaría que yo no existo? Mmmmm.

 Pero bueno, las refutaciones de esa teoría no me molestaron ahora. Simplemente me concentré en la parte de que existir significa ser percibido. Entonces, una persona que tocara la parte izquierda de mi cuerpo, podría decir que una característica mía es ser fría como una rana y que quizás soy una rana. Otra persona que tocara la parte derecha podría decir que soy cálida como un unicornio y quizás podría ser yo un unicornio. Pero luego están las personas que jamás me han tocado, que sólo me han observado y podrían decir que soy una chica. Pero también están ustedes, que me sienten, en cada lectura dominical y asumen que existo y que por ende soy un gato.  ¡Qué complicado! Pero la cosa no termina ahí. Está aquella persona, que me toca el lado izquierdo y el derecho y me ve y me lee, todo al mismo tiempo. ¿Esa persona, qué pensará? ¿Elegirá una de las personalidades que puedo tener o simplemente creará una nueva, híbrido de todo? Les comento esto porque algo así experimenté yo. Y es que el congelador de mi refri, de un lado tiene hielo y del otro las cosas se derriten. Yo he podido experimentar ambas temperaturas a la misma vez y al final no entiendo frente a qué estoy: si frente a una máquina que congela o frente a una que no enfría. A veces cierro el refri y me quedo mirándolo, pensativa, tratando de descifrar qué cosa es.

 Aún no he podido llegar a la conclusión exacta de cómo entender estos cambios, los cuales podrían hacer válida la pluriexistencia en una sola materia. Sería como tener un pueblo entero en una extensión de 1.56 metros. No tendría que relacionarme con nadie extra que no fuera parte de mis cambios dígase de temperatura o de otra cosa. Y los agentes externos, serían como invitados. Que vienen, entran, pasamos un buen momento, y luego se marchan. Porque en este pueblo mío, en el cual soy reina y esclava a la vez, no hay espacio para nadie más. Y en mi pueblo, haríamos comidas colosales cada tarde. Y en las noches, comenzaríamos la bacanal, degollando a un cabrito. Y esa bacanal duraría una eternidad. Y esa bacanal nos haría muy felices. Y esa bacanal haría que el entender no fuera importante, sólo el goce y el placer.

En fin, gracias por leerme.

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Cincuenta sombras más oscuras, o el caso de la señora, hija de Obbatalá.


Hoy fue un día muy especial. Y es que así, yo, de curiosa, averigüé que ya estaban pasando en los cines de Puebla, la película más esperada del año para mí: Cincuenta sombras más oscuras. Obvio, ya todos conocen mi predilección por esos “maravillosos” libros.  Y señalo maravilloso en el sentido más positivo en que se puede señalar la palabra maravilloso. Es que si mi relación con los textos (como una vez escribí) fue divertida, la experiencia con las películas no se quedó atrás. Recuerdo que hace dos años, llegando a Santiago de Chile, anhelé mucho ir a verla. Pero mi erotic dream no se cumplió hasta veinte días después, que aterrizando en Dunedin, fui directo al cine a comprar mi ticket. Tres días después, estaba camino al Octagon para llegar a la pequeña cinemateca en el sur de Nueva Zelanda. Entré. La sala estaba vacía. A los cinco minutos entró un chico que muy amable me dijo “Hi” y se sentó detrás de mí. La película, como era de esperar, era bien mala, pero igual mi mente no paraba de viajar a los días en que estaba enferma y me tropecé con los libros. De repente, sentí unos ruidos raros desde atrás, pero nunca me volteé. Como mismo yo estaba viajando, imaginé que el chico también andaba en un viaje y decidí no molestarlo. Al final de la cinta, nos despedimos con un poco de vergüenza compartida y me fui. Nunca lo voy a olvidar. Alto, medio rubio, con los pelos locos y rizados. Una chamarra bien grande y las manos metidas en los bolsillos.

Entonces, rememorando aquel día, dos años después me lancé sola al cine, a ver la segunda parte de la saga. Obvio, primero hablé con Dios a ver si no tenía nada que objetar a mi salida.

(Acento mexicano)

-          Hola Dios, ¿qué onda guey?

-          Hola Monique. ¿Qué quieres ahora?

-          Nada amigo, sólo saber si tenías algún problema con que fuera a ver la segunda parte de Cincuenta sombras de Grey.

-          Pues sé que te gustan esas cosas. Eres bien estúpida.

-          Sí, lo sé, pero bueno, te guardo respeto y por eso te pregunto guey.

-          Pues por mí no hay problema. Pero si quieres estar segura, pregúntale a la virgen del parque.

-          Ah ok. Lo haré. Gracias Dios. Pasa un bonito domingo de descanso. Luego te cuento cómo fue todo.

-          Obvio sé cómo irá todo. Soy Dios.

-          ¡Ay verdad! Es cierto que soy bien estúpida.

-          Sí, es bien cierto eso.

Entonces fui a ver a la virgen.

-          Hola Virgen, ¿qué onda? ¿Oye, no hay problema con que vaya a ver Cincuenta sombras más obscuras?

-          Mira que eres estúpida, Monique.

-          Sí, ya Dios me dijo lo mismo. En fin, ¿no hay lío?

-          No, pero si quieres ya estar en paz con todo, debes preguntarle a la naturaleza. Así que ve a hablar con aquella planta.

-          Ok. Iré. ¡Gracias virgen!

Y fui a hablar con la planta.

-          Hola planta, ¿qué onda? Oye, Dios me dijo que le preguntara a la virgen y la virgen que te preguntara a ti. ¿No hay problema alguno en que vaya a ver Cincuenta sombras?

-          Mira que eres estúpida.

-          Pues sí, todos me dicen lo mismo hoy. Lo sé. En fín... ¿Puedo?

-          Sí. Sólo bríndame un poco de placer primero.

Luego de tener un poco de ecosexo, volví a casa con el corazón acelerado, esperando que fuera de noche y así poder ver la película.

De repente, ya eran las ocho y veinte. Y yo estaba en el cine. Con un montón de personas detrás de mí. Todas en pareja. La única solitaria era yo. Por unos segundos extrañé a mi lonley boy de Nueva Zelanda, pero pensé que la experiencia colectiva igual podría ser interesante.

Y como lo imaginé.

Luego de sentirme muy feliz al ver que Anastasia tenía un fleco igual al mío, sentí a una señora detrás de mí, hablando con su marido.

-          Y es que el santo me dijo que no podía comer palomitas de maíz con mantequilla. Y hay que hacerle caso al santo. Y a mi padrino, porque si se entera que estuve a punto de comer, me costará caro.

¿CÓMOOOOOO? ¿Padrino? ¿Santo? Eso me suena a brujería cubana, pero con acento mexicano. Efectivamente, miré hacia atrás y una señora, vestida de blanco, miraba con mala cara que su marido, un gordo con un desmangado, comiera palomitas. No lo puedo creer – pensé. Mira que la brujería llega lejos… Seguí concentrada en la película. El segundo libro fue el que más me agradó pues es cuando Cristian Grey le compra una editorial a la protagonista y yo, yo siempre he querido que me regalen una editorial. Pero nada. Nadie ni me consigue un trabajo en una. ¡Qué problema!

Entonces seguí ahí, emocionada ante la caída del helicóptero privado de Grey y luego su aparición y el llanto de todos los personajes. Y mi llanto de gata estúpida. Y de repente otro comentario.

-          Amor, que no podemos hacer esas locuras sexuales. Obbatalá (el santo que la rige) me dijo que no podía estar en esas vulgaridades. Que me podía dar cáncer de útero. Además, tú no eres millonario y no tenemos un cuarto así para hacer esas cosas.

-          Pero eso no impide que te pueda amarrar las manos.

-          ¿Pero para qué tú quieres hacer eso? Me parece que en todo este tiempo no ha hecho falta que me amarres a nada. Mira que traerme a ver esto como regalo de San Valentín. Podrías haberme comprado un regalo.

Sí, eso es cierto – pensé yo. Aunque bueno, a mí… yo… yo no sé ni muy bien qué es un San Valentín, la verdad. Pero bueno… seguí viendo la película.

Entonces Cristian comienza a azotar a Anastasia. Y Anastasia hacía Ahhhhh, y en el cine todos hacían Ahhh. Y Cristian comienza a penetrar a Anastasia. Y Anastasia vuelve a hacer Ahhh y en el cine, de nuevo todas las parejas: Ahhh. Todos en el cine excepto los de atrás, porque, quién sabe, seguro el santo le dijo a la señora que  no podía gemir con la película y menos con palomitas con mantequilla al lado.

Continuó la película. Cristian lleva a Anastasia a un baile de máscaras en casa de sus padres. Pero antes, le pide que se ponga una lencería sexy, un vestido plateado y ya de paso, le pide que se meta unas bolas chinas, porque “eso es muy rico”.  Ahí, el marido de la señora le dice que por qué ella no se pone una lencería así y por qué, además, no se mete unas bolas. Ahí casi me da algo. Esa mujer con cuerpo deforme, con la lencería sensual. Ese hombre gordo grasoso, en desmangado, con grasa de mantequilla en la boca, besándola como todo un bad boy, en un cuarto chiquito. Y metiéndole unas bolas de los chinos (no chinas). Y la mujer gimiendo Ahhhh. Ya imaginaba hasta a los del cine igual gimiendo ante una escena así.  Igual pensé que reproducir esa parte con la señora sería complicado pues, debido a que tiene hecho santo, hasta las bolas tendrían que ser blancas.  Y no me quiero imaginar unas bolas blancas blanquísimas entrando en la vagina de alguien. Unas bolas del chino, de esas de cinco pesos.

Pero no, eso no pasaría porque ella ya aclaró que el santo le dijo que no podía hacer esas cochinadas. Al menos no con su marido. Quién sabe si con Grey…

Luego de dos horas, se acabó la película. Todos estaban muy emocionado y salín con caras de: “esta noche quiero que me azotes”.  Obvio, la señora hija de Obbatalá no salió muy contenta. Pero su marido miraba a todas las mujeres diciéndoles; “vengan nenas que las voy a dejar tan loca como Grey a Anastasia”.

Como soy tan burlona, no pude evitar interceptarla en medio del pasillo y preguntarle.

-          Disculpe señora, ¿usted es hija de Obbatalá?

-          ¡Sí! ¿Cómo sabías?

-          Es que yo también tengo hecho santo. Soy hija de Obbatalá igual. Y nada, que el santo me lo dijo.

-          Visteeeeee – le dijo a su marido- El santo siempre tiene a alguien vigilándote.

-          Así mismo señora - Le dije yo. Vi que su esposo tenía palomitas de maíz con mantequilla. ¿Usted las puede comer? Porque a mí el santo me las eliminó.

-          A mí también, señorita. Pero bueno, a él no. Él no tiene hecho santo. Él no cree mucho en esto.

-          Ya, entiendo. Y entiendo que ver esta película es un poco molesta para nosotros. Es que el santo a mí me prohibió hacer ese tipo de cosas. Y bueno, yo respeto lo que dice.

-          Lo mismo pasa conmigo. Pero bueno, todo sea por la protección de Obbatalá.

-          Sí, todo sea por su protección – le dije y me despedí.

Salí muy contenta del cine. Pensé en la pobre vida de esa mujer sin poder comer palomitas y sin poder tener sexo “salvaje” con su marido. Deseé que de veras el santo existiera y que de veras cohibirla de todo eso la protegiera. A mí, mi amigo Dios nunca me ha prohibido nada, la verdad. Es bien buena onda Dios. O por lo menos bastante abierto. No obstante, si me tengo que hacer santo y desvincularme de las palomitas y las cochinadas de habitación, con tal de que me regalen una editorial, pues lo hago. Es más, juro solemnemente que si alguien me la regala jamás volveré a comer palomitas. Y tampoco dejaré que me vuelvan a amarrar. ¿Escuchaste, Dios? ¿Escuchaste?

En fin, gracias por leerme.

 

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Romina, Romina, no corras tanto Romina. O sobre la extrañeza


 Esta mañana he hecho una de las cosas que más me producen placer. Me levanté temprano, cosa extremadamente rara. Y así, en pijama, he bajado a comprar algo para desayunar. Caminar con mi pantalón de dormir y mi playera de Lady Gaga sin sostén, sin lavarme ni el rostro, con calcetines prestados es algo delicioso. Compré un jugo de Manzana. Luego unos pasteles en la panadería de mala muerte que queda a dos casas de mi departamento. Luego, como me levanté con manzanas en la cabeza, compré un pastel de manzana, para que mi día continuara así, manzanoso. Encontré a la encargada del edificio, pagué mi renta. Pagué el internet. La señora encargada me dijo que me quedaba muy bien mi flequillo; cosa rara pues casi todos dicen que parezco una niña loca. Vi a una señora que llevaba a su hija amarrada a una correa de perro y le gritaba “Romina, romina, no corras tanto Romina”. Saludé al viejito que cuida los autos. Escuché el ruido de un taladro.

Mientras hacía todo ese recorrido pensaba en lo maravillosas que pueden ser las mañanas. Y lo maravillosa que puede ser la vida. Me prometí a mí misma y a mi amigo Dios, que no volvería a ponerme un cigarro en los labios. También me prometí a mí misma y a mi amigo Dios, no untarme más esa crema antiarrugas que he comprado para escapar a una vejez que aún no me toca. Igual juré no ofuscarme más, ni dejar que se me volviese a acelerar el ritmo cardiaco. Y también prometí no leer sobre el suicidio y centrarme en la piedad, que es sobre lo cual debo pensar ahora. Disfruté el sol, el bonito sol, el sol que no quema, que sólo acaricia. Pensé en lo triste de los que viven en los círculos del infierno, porque ellos no tienen un sol buena persona, sino sólo calor y lluvia torrencial. Pensé en que quizás a los de los círculos les gustaría comer pastel de manzana. Y luego pensé que, en todo caso, les brindaría de los pasteles malos, los primeros que compré, porque son los más baratos y aunque me haya levantado de muy buen humor, tampoco la alegría me inunda tanto como para regalar pastel de manzana.

Regresé a casa.

Mas sólo con meter la llave en la cerradura, sólo con sentir el giro de la llave, empecé a sentir las primeras palpitaciones. Y justo al abrir la puerta mi pastel de manzana cayó al piso. Ayer pasé horas limpiando, así que eso no me hizo mucha gracia. Sentí (y siento) un olor a basura por todas partes que no sé de dónde sale. Comenzaron a dolerme los ovarios. Y, obviamente prendí un cigarro. Me sentí mal porque sentí cómo Dios me susurraba bajito: “te lo dije, yo sabía”. Entonces comencé a escribir, para escapar al cigarro, pero en lo que llevo escrito he fumado tres.

Hay algo dentro de  mi casa que no me gusta. No estoy clara, pero hay algo que no me gusta. Algo que no tiene una materia fija, más bien se transforma todo el tiempo. Ese algo, siento que tiene una correa como la señora y me la amarra al cuello. Entonces me convierto en Romina. Romina que no puede correr. Es difícil que logre agarrar ese algo que no me gusta. Que me inquieta, que cambia de forma. Si lo lograse no lo invitaría ni a pastel ni a jugo de manzana. Más bien fuera directo al grano y le preguntaría, ¿por qué, por qué no quieres que corra? ¿Por qué te gusta que me den palpitaciones? ¿Me quieres provocar un infarto? Yo no quiero morirme de un infarto.

A veces creo que esa cosa se mete hasta en mis libros, o hace que seleccione los libros incorrectos. O hace que elija todo lo incorrecto. Porque cada lectura, cada pensamiento, cada acción que acometo cada día aquí dentro, me lleva a los mismo pensamientos. A los pensamientos donde el pastel siempre cae en el suelo, se revienta, explota ¡plaf! Ideas que generan dolor en mi ojo izquierdo.

Antes pensaba que era yo la del problema. Pensaba que era una cuestión de actitud (como dice mi mamá). Pero ahora estoy convencida de que es esa cosa que no me gusta, ese algo que cambia de forma y mete su lengua en mi oído hasta envenenarme. Esa cosa que no puedo atrapar es la culpable. Y como no lo puedo solucionar hasta atraparla, pues entonces creo que seguiré así, intentando disfrutar los momentos en los que a Romina se le afloja la correa y puede desbocarse como caballo. Según mi amigo Dios esas son sólo excusas para no asumir que soy yo y mi cabeza danzarina. Pero Dios es un neófito en esos temas. Dios se ha acostumbrado a vivir en su casa con miles de cosas que no le gustan. Entonces ya no puede discernir entre lo que le ocurre a él, en la soledad de sus pensamientos y lo que le ocurre como efecto de la presencia de los otros. Por lo tanto su criterio aquí no es válido. Él sí no tiene ningún problema en comprar pasteles de manzana y repartirlos entre todos. Él es más caritativo por ese lado. Yo no. Yo prefiero comerme sola el pastel, o por lo menos comerlo con alguien a quien pueda verle el rostro. Con alguien que no haga tan evidente que está lleno de máscaras.

En fin, gracias por leerme.

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